Dos baldosas hacia adelante

Los insistentes golpes acabaron por despertar a Santi. Era verano y el calor asfixiante de Barcelona le obligaba a dormir con la puerta y la ventana abiertas, en aras de evitar levantarse por la mañana empapado en sudor. Pero si bien las corrientes de aire le ayudaban a hacer más llevadera la noche, también permitían la libre circulación del reggaeton de los vecinos del tercero, las discusiones de la pareja de enfrente o el Home Cinema (24 horas de terror y ciencia-ficción) de los frikis del segundo. Uno nunca se acostumbra del todo a dormir rodeado de ruidos molestos, pero intenta sobrellevarlos lo mejor que puede.

Los golpes persistieron. El timbre estaba estropeado desde hacía meses, y ni él ni Álex, su compañero de piso, se habían tomado la molestia de llamar a la inmobiliaria para que lo arreglara. Como si fuera a servir de algo hablar con ellos… putos inútiles. El único trabajo que sabían hacer bien era cobrar a fin de mes.

Miró el reloj digital que llevaba puesto, apretando el botón de la luz para distinguir los números. Las 4:27h de la madrugada. Maldita sea, Álex, pensó. Fijo que era uno de sus amigos de borrachera que venía a buscarle. Pero no. A medida que iba recuperando la conciencia después del sueño se acordó de que su compañero de piso se había ido a pasar el fin de semana en Platja d’Aro, en el apartamento de sus padres.

Se levantó, cagándose en todo. Fue hasta la puerta, aporreada sin piedad, y la abrió.

En el rellano de su piso había un tipo bajito y cincuentón, un poco calvo, con el brazo alzado a punto de golpear de nuevo la puerta. Lo más sorprendente del individuo, sin embargo, era que iba vestido como si lo acabaran de sacar de una obra de Shakespeare.

—¡Ya era hora, majestad! —dijo, sin darle tiempo a reaccionar.

Santi no se sentía muy majestuoso en ese momento. Iba en calzoncillos, y no para mostrar un cuerpo Danone, precisamente. Un Danonino, tal vez, más lechoso y flacucho. Aún aturdido por el sueño, el pelo revuelto y las marcas del cojín en la cara, lo único que se le ocurrió decir fue:

—¿Qué?

A lo mejor era un amigo de los frikis del segundo, que había venido a ver una maratón de El Señor de Los Anillos, versión extendida y caracterización incluida.

—¿Eres Santiago Valverde?

—¿Eh…?

—Será mejor que te calces, muchacho, ¡nos están esperando!

¿Qué estaba ocurriendo? No se sentía como si estuviera soñando, a pesar de lo surrealista de la situación. De hecho, tenía muy claro que estaba despierto; de eso se había encargado el rarito que tenía enfrente.

—Oye, tío, a mí no me líes con tus historias… yo estaba durmiendo, ¿sabes?

—Hombre, de eso ya me he dado cuenta. Vamos, espero que no me hayas tenido diez minutos aporreando tu puerta simplemente para pasar el rato, que me parecería feo.

—Ya, bueno…

—Mira —lo cortó el individuo—, tómatelo como quieras, pero tú te vienes conmigo. ¿Te vas a poner unas chanclas o te vienes así tal cual en calzoncillos? Que a mí también me gustan los Simpson, pero a lo mejor llamas un poco la atención, ¿no crees?

Y esto lo dice un tipo vestido de Hamlet, pensó Santi, pero seguía demasiado aturdido como para reaccionar.

—¿Sabes qué? —continuó el otro su perorata, avanzando un poco hacia el interior del piso y obligando a Santi a retroceder hacia atrás—. Tú te vas a cambiar y mientras yo miro qué tienes en la nevera, que tanto golpear me ha entrado sed.

—¿Pero…? ¡Pero qué huevos!

—¡Así de grandes! —dijo el tipo, gesticulando con las manos para demostrar su tamaño—. En la vida tienes que aprender, chico. Venga, venga —añadió—, no te entretengas.

No sabía exactamente por qué, pero obedeció al individuo. Fue a su habitación, se puso los tejanos del día anterior, una camiseta de Ramones y las converse de rigor. Pasó por el baño a lavarse un poco la cara, a ver si se despejaba, y aprovechó para mear.

Cuando regresó al comedor se encontró al hombre, que tenía pinta de paleto de pueblo, sentado en el sofá y sorbiendo una lata de Estrella.

—Me llamo Recaredo, por cierto.

Venga ya, lo que faltaba, al final iba a resultar que tenía a un rey godo sentado en el sofá.

—Ahora que ya me has despertado y ya te has tomado tu cerveza, ¿me vas a contar de qué va esto?

Recaredo chistó, como ofendido.

—Mira el novato, que es su primer día y ya quiere saberlo todo… ¡Vamos, vamos, alteza! —Dijo, subiendo el tono de voz. Se levantó del sofá y empezó a andar hacia la puerta de salida—. ¡Que hay mucho que hacer! ¿Nos podemos ir ya?

¿Qué sentido tenía seguirlo? Probablemente se tratara de un perturbado. Habría leído su nombre en el buzón y lo había escogido como víctima. O alguien le estaba gastando una broma y en cualquier momento descubriría que había una cámara oculta en alguna parte. No se le ocurría ninguna otra explicación, ninguna con una pizca de sentido, y aún así le siguió. Se sentía como una ficha en un tablero de juego que alguien había decidido mover.

Al pisar la calle el hombrecillo se encaminó hacia un Ford Fiesta verde que por lo menos tenía treinta años. Estaba aparcado en el paso cebra y tenía los intermitentes puestos.

—¡Venga, venga, sube! —Hablaba con apremio, como si llegaran tarde a alguna parte. O tal vez fuera que el tipo era muy nervioso y siempre hablaba así—. Sin remilgos, que no se va a romper, —añadió al ver que a Santi le costaba lo suyo meterse en el coche bajito y pequeño. Recaredo no tuvo ningún problema en ocupar el asiento del conductor; parecía hecho a su medida.

El escaso tráfico de la noche barcelonesa les permitió cruzar la ciudad sin demasiados problemas. Recaredo era un conductor pésimo. O tal vez fuera justo lo contrario; tenía que ser muy buen conductor para seguir con vida a estas alturas de su vida… Revolucionaba el motor, hacía giros bruscos, soltaba el volante para gesticular, dejaba de mirar la carretera e incluso, en una ocasión, frenó en seco y puso la marcha atrás porque se había saltado la desviación que quería coger. El coche que venía tras ellos, un Seat León tuneado con la música a todo trapo, los esquivó por los pelos y pasó a su lado gritándoles insultos que Santi no había oído en su vida… Pero a Recaredo le daba igual, porque él estaba enfrascado contándole a Santi que su padre había sido pescador, de los que se levantan de madrugada para poder llegar a puerto a primera hora de la mañana a tiempo para vender el pescado en la lonja. Santi, con la espalda pegada al respaldo y los pies haciendo presión contra el suelo del coche, como si pudiera apretar el pedal del freno, no le prestaba demasiada atención.

—¡Tranquilízate, majestad! ¡Que ya llegamos!

Dicho y hecho. El hombrecillo vestido como un soldado medieval metió el coche en un aparcamiento subterráneo, aparcó el Ford Fiesta en un hueco y estiró el freno de mano tanto como pudo.

—¡Ya hemos llegado! —constató, abriendo la puertecilla y saliendo del coche—. Andando que es gerundio, muchacho.

Santi se desabrochó el cinturón de seguridad, abrió su puerta y se apeó del coche, desorientado.

—Oye, Recaredo, —le dijo cuando empezaron a andar hacia un ascensor, intentando sonar razonable—. Ya he venido hasta aquí, ¿y ahora qué? ¿Vas a dejar que me vaya?

—¡Y un cuerno, majestad! ¡Con lo que me ha costado despertarte!

—¿Me estás secuestrando?

Bueno, si era un secuestro era el peor secuestro de la historia, y él, el secuestrado más gilipollas del barrio.

Recaredo se partió de la risa.

—Hombre, majestad, —dijo, cuando las carcajadas remitieron—. Esta sí que es buena. ¿Te he puesto yo una pistola en el gaznate?

No, no lo había hecho. Casi lo había matado en un accidente de tráfico, eso sí, pero no había visto ninguna pistola involucrada en el proceso.

—Es que no tengo ni puta idea de qué va esto y…

Recaredo abrió la puerta del ascensor e hizo un gesto con la mano a Santi para que entrara.

—Tú tranquilo. ¿Te fías de mí? —No, no se fiaba, pero no creía que una negación fuera la respuesta correcta. Lo miró con cara de circunstancias, sin saber qué decir—. Pues claro que te fías de mí, —dijo, palmeándole la espalda—. Ya verás que sí.

Cuando el ascensor se detuvo, Recaredo lo condujo a lo largo de un pasillo estrecho con puertas a ambos lados. Tras dejar atrás tres o cuatro puertas, su guía se paró frente a una y rebuscó en los bolsillos hasta sacar un llavero. Buscó la llave adecuada, la introdujo en la cerradura y la hizo girar. Abrió la puerta de par en par y se quedó ahí parado, mirando a Santi.

—Ya puedes entrar, alteza. Yo ahora me voy, pero tú no te apures que en un ratito te vienen a buscar, ¿capito?

Indeciso, entró en la habitación. Parecía una habitación de hotel bastante normal, sin nada que le llamara la atención. A excepción del atuendo dispuesto encima de la cama, por supuesto.

Recaredo ya había empezado a irse cuando dio media vuelta y asomó de nuevo la cabeza por la puerta, aún abierta.

—No te me hagas de rogar y ponte toda la ropa, ¿eh? Corona inclusive, ¡majestad!

Su cabeza desapareció de nuevo, y esta vez cerró la puerta tras de sí.

Santi se quedó solo en la habitación, intentando comprender qué hacía él ahí, un viernes… no, un sábado por la mañana, cuando debería estar durmiendo en su calurosa habitación. Cogió la capa de armiño y la sospesó, perplejo. Ya que había llegado hasta aquí, bien podía ponerse el disfraz y seguir el rollo a… bueno, a quien fuera.

Estaba a punto de colocarse la corona cuando oyó unos golpecitos en la pared. No le dio especial importancia en un primer momento, pero al poco se repitieron.

—¿Hola? —preguntó, acercando el oído a la pared de la que provenían los golpes—. ¿Hay alguien?

—¡Hola! ¡Sí! —respondió una voz de chica—. ¡Sí, estoy aquí! Suerte que has respondido… ¿quién eres?

—Eh… bueno, Santi. ¿Y tú?

—Me llamo Elena, —respondió la chica al otro lado—. ¿A ti también te han hecho venir aquí de madrugada?

—Pues sí, —confirmó él—. ¿Tú sabes de qué va esto?

Ella suspiró.

—Ni idea. Tenía la esperanza de que tú sí.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —inquirió Santi.

—Pues claro.

—¿Tú por qué has venido? ¿Te han obligado, o algo?

Elena tardó un poco en responder, como si dudara.

—En realidad no… pero… no sé, no he sabido decir que no. Pensarás que soy tonta, ¿verdad?

A él se le escapó la risa.

—No más que yo, a mí me ha ocurrido lo mismo.

—¿Y ahora qué?

Parecía la pregunta obvia. Antes de que Santi pudiera responder, escuchó algo al otro lado de la pared.

—Me tengo que ir, Santi. Me han venido a buscar.

No había terminado la frase cuando la puerta de la habitación de Santi se abrió y apareció un hombre, bajito como Recaredo, y vestido de soldado, pero aquí terminaban las similitudes.

—Majestad, es la hora.

Parecía mucho más formal que Recaredo, y ahora que Santi iba con un disfraz y una corona en la cabeza, casi le pareció apropiado. El hombre entró en la habitación y se dirigió hacia el armario que había en la pared contraria a la puerta. Lo abrió y mostró que no era un armario, sino la puerta de un pasadizo estrecho y oscuro.

—Seguidme, —dijo, y entró en el armario.

Santi le siguió, por supuesto. Avanzó a tientas por el pasillo, hasta que se le acostumbró un poco la vista; lo justo para distinguir a su escolta. Cuando éste llegó al final del pasillo abrió otra puerta y avanzaron, entrando en un espacio mucho más grande, pero igual de oscuro. Había más gente, todos en silencio, moviéndose como si estuvieran buscando su lugar. Al poco, el soldado que lo guiaba se detuvo, obligándole a pararse detrás de él.

Entonces las luces se abrieron, revelando una sala inmensa. A lado y lado había una fila de gente que, cómo él, miraban hacia el fondo de la sala. Delante de él, a la altura de su soldado, había otra hilera de gente, unos al lado de los otros. A su izquierda había un hombre con ropajes de sacerdote, y a su derecha una chica morena con cara de susto y una corona en la cabeza. Sospechó que se trataba de Elena.

—Peón ce-dos a ce-cuatro, —dijo una voz.

Y Recaredo, que estaba a su izquierda en diagonal, avanzó dos baldosas hacia adelante.

Fin


“Dos baldosas hacia adelante” apareció publicado en la antología de alumnos del Aula de Escritores Cuentamínate.

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