El anillo usado

Atardecía ya cuando el carruaje llegó a Miranda. No lo esperábamos o, por lo menos, nadie había tenido a bien decirme que iba a venir. Había pasado la tarde ayudando a José del Cairo a desbrozar las malas hierbas que se afanaban a crecer en las lindes del jardín. Después de varias horas a pleno sol, estaba exhausto, cubierto de barro y suciedad y con regueros de sudor que se deslizaban por mi espalda.

La carroza era muy lujosa, esto se veía a la legua, y la escoltaban cuatro guardias a caballo vestidos con sus mejores galas. Se sabía que eran guardias porque iban armados hasta los dientes que, de otro modo, incluso Marcelina los hubiera podido confundir con cortesanos. Hay que decir que sus ropajes también contribuían al equívoco, puesto que no seguían las usanzas ni de Belvís, ni de Compostela, ni de Londres, ni de París, sino que más bien parecían de otra época. No es que sea yo un experto en modas, que de eso entienden mucho más las mujeres, pero esos cuatro guardias que escoltaban el carruaje, con toda la dignidad y el aplomo de que eran capaces, parecíanme más propios de los tapices de doña Ginebra que de una taberna del Villar.

Con estas andaba yo cuando salió mi señor Merlín de la casa, justo a tiempo de recibir a nuestros visitantes. El que parecía llevar la voz cantante descendió del caballo y se acercó a mi amo.Tras cruzar unas palabras con él, Merlín asintió, como si estuviera aceptando su petición. El jinete se giró hacia sus compañeros y les hizo una seña. Desmontaron todos a una y el líder fue hacia el carruaje. Hasta ahí pude observar, que en ese momento me vio mi señor Merlín, sucio y descuidado y como un pasmarote ahí plantado, y me mandó derechito a asearme. Por no disgustarle no quise entretenerme ni un instante más, así que me escurrí hacia el interior. Pero la curiosidad pudo conmigo, y antes de subir las escaleras eché una última miradita que fue altamente recompensada: la más bella de las damas descendía del carruaje ayudada por uno de los guardias.

Supe más tarde que la dama era doña Astrid, princesa del reino perdido de Ragnaria. Se lo conocía como el reino perdido porque las tierras de Ragnaria habían desaparecido de la faz de la tierra hacía algún que otro siglo, y nadie había vuelto a encontrarlas desde entonces. Sin embargo, Merlín reconoció a la princesa de una vez que había ido al castillo de Ragnaria a visitar al titiritero real y se había quedado para ayudar al soberano en un asunto palaciego. Como mi señor le había prestado buenos servicios en ese entonces, el Rey Yngar volvía a recurrir a él, pues su hija e única heredera, la princesa Astrid, había contraído una extraña enfermedad y necesitaba de las habilidades de Merlín para ser sanada.

Cansada del largo viaje desde la perdida Ragnaria, la dama se retiró a una de las habitaciones. Se acordó que descansaría hasta la mañana siguiente, cuando el señor Merlín la visitaría e intentaría guarecerla. La princesa sólo admitió en su estancia a doña Ginebra, que también había sido miembro de la realeza en otros tiempos, y tal vez por ello podía entender mejor los males de la joven Astrid. Aun así, bien poco tiempo pudo estar doña Ginebra con la princesa, pues los soldados le pidieron amablemente que se fuera y se quedaron guardando la puerta de doña Astrid.

De todo esto me enteré yo durante la cena, pues mientras se sucedían todas estas escenas estaba acicalándome para causar una buena impresión en la bella princesa. Todo mi esfuerzo demostró ser en vano, y tuve que volver a acostarme sin ver ni un mechón del dorado pelo de la dama. No obstante, no terminaron ahí las emociones de la jornada.

Pasaba ya de la medianoche cuando me desperté con una urgente necesidad de aliviar la vejiga y tuve que bajar del desván donde dormía. Tenía intención de regresar a la comodidad de mi lecho cuando escuché murmullos provenientes del piso inferior. Llevado por la curiosidad, descendí los escalones y me acerqué a la cámara del horno, de donde llegaban los susurros y la voluble luz que emanaba de las llamas del hogar. Desde detrás de la puerta pude ver a don Merlín, sentado de espaldas al fuego, escuchando atentamente a la bella princesita. De ella sólo podía ver su espalda y su blonda cabellera, pero su voz era tan dulce y cantarina que no necesitaba más para conjurar el resto de su belleza. Me quedé embelesado escuchando su historia, que así es como la narró:

—Contaba yo por aquel entonces dieciséis años y un espíritu risueño y jovial, como correspondía a mi edad. Todo me ilusionaba y cualquier tontería me hacía feliz. Pero, por encima de todo, había dos cosas que me agradaban especialmente: en primer lugar, complacer a mi padre; y en segundo lugar, los libros. Pasaba horas en la biblioteca del castillo, buscando nuevas historias que leer, nuevas aventuras que correr. Ahí conocí a Guido, que estaba empleado como ayudante del bibliotecario, con vistas a sucederle algún día. Él me acompañaba en mi exploración de las librerías y los estantes, me recomendaba nuevos lances y descubría nuevas peripecias junto a mí. Y así fue como terminé enamorándome de él. No de los duques y príncipes que venían a verme desde las cuatro partes del mundo y que mi padre nunca encontraba suficientemente apropiados para su delicada princesa, sino del aprendiz de bibliotecario italiano y debilucho que vestía una túnica ajada. Como comprenderéis, a mi padre el rey no le hizo ninguna ilusión descubrir nuestro amor. Me prohibió verle y me buscó un pretendiente que terminara con mis fantaseos amorosos. Me destrozó el corazón. No por su reacción, que era fácil de suponer, sino porque me hizo escoger entre aquello que más amaba: mi padre y mi biblioteca. Sólo que ya no me limitaba a amar las historias de los libros, sino que tenía mi propia aventura por recorrer junto a mi bibliotecario. Lo escogí a él, desconocedora del castigo que me impondría mi padre. Como recordaréis, mi padre tiene ciertas dotes mágicas. Ante mi rotunda negativa a esposar el conde de Rochefort, me encerró en la torre más alta del castillo y aisló toda Ragnaria del resto del mundo… deteniendo el paso del tiempo en todo nuestro reino. He perdido la cuenta de los años que han pasado ya… demasiados, a decir verdad. Por ello no podemos regresar al mundo exterior, porque poco a poco vamos envejeciendo y… ¿Veis? ¿Veis estas marcas en la comisura de los labios? ¡Ayer no las tenía! Y si paso mucho más tiempo fuera de Ragnaria… ¡no quiero saber en qué me convertiré!

—Astrid, querida, tranquilizaos —la interrumpió mi señor Merlín, al ver que la dama empezaba a alterarse—. No hay nada que temer. Seguís siendo igual de bella que el día en que os conocí, hace ya tanto tiempo… Mi barba aún no era cana, y ¡fijaos ahora! Y si no os fiáis de mí, ¿por qué no le preguntáis a mi paje, Felipe de Amancia, que hace ya un buen rato que os escucha tras esa puerta? —Al oír mi nombre y saberme descubierto, di un respingo y golpeé sin querer la puerta, con lo que revelé mi presencia a la bella princesita. Ésta se giró hacia mí, primero con sorpresa y luego con una sonrisa amable en los labios. Don Merlín también me observaba—: Adelante, adelante, Felipe. No seas tímido. ¿Qué tienes que decirle a doña Astrid? Además de buenas noches y unas disculpas, claro está. ¿Crees que ha envejecido desde su llegada a Miranda? ¿O acaso no te parece la más bella de las flores?

Me sentí cohibido al ser el centro de atención, y juraría que hasta enrojecí un poco ante la mirada escrutadora de la princesita, que esperaba impaciente mi dictamen sobre su apariencia. Finalmente encontré fuerzas para avanzar un par de pasos hacia el interior de la estancia, y esas mismas fuerzas me permitieron responder a mi amo.

—No señor, en absoluto. Sí señor, la más bella. —Y al acordarme entonces que no me había disculpado aún, me giré un poco hacia la dama y, con la mirada en el suelo, le dije—: Os pido perdón, doña Astrid, si os he ofendido. Pero vuestra voz me encandiló y vuestra historia me cautivó, así que lo último que quería en el mundo era interrumpiros. Y si me permitís, princesa —en ese momento me atreví a alzar la cabeza y mirarla a los ojos—, sois la dama más bella que jamás haya conocido —competía, tal vez, con doña Simona, pero no juzgué prudente añadir este último comentario y así me lo guardé para mí.

Doña Astrid dulcificó aún más si cabe su sonrisa, y yo me puse más colorado aún de lo que ya lo estaba.

—No sufráis, Felipe de Amancia, que los susurros no eran para vos. Venid y sentaos junto al fuego, mientras termino de contaros a ambos mis sorprendentes desventuras. —Así lo hice, y ella retomó el hilo de su historia—. Me encerró pues, mi padre el rey, en la más alta torre de Ragnaria; y condenó a Guido a permanecer encerrado en su biblioteca. El castigo no era estar encerrados, sino estar separados por una eternidad. Mi padre juró que no restablecería el tiempo hasta que renunciara a mi amor por Guido, y yo juré amor eterno a mi amado. Así las cosas, me hice a la idea de morir, si no de vieja, sí de tristeza, pues una eternidad sin él me parecía absurdamente insoportable. Pero la esperanza es cómplice de los enamorados, y eso me impidió morir de pena. Fue una suerte, porque, tras años de funesta espera, llegó un día en que terminaron mis pesares. El hada Nimue, a quien bien conocéis —dijo, mirando específicamente a mi señor— vino a Ragnaria y me visitó en mis estancias. Tenía un presente para mí, me dijo, y me hizo entrega de este anillo. —Sin quitárselo, doña Astrid hizo girar en su dedo un sencillo anillo, plateado y sin ninguna piedra preciosa en él, simplemente decorado con un trenzado que daba la vuelta completa a la sortija—. Nimue lo había encantado para que, siempre que quisiera, pudiera llegar junto a mi amado. ¡Nunca se lo podré agradecer lo suficiente! Cuando me vio, ¡Guido no podía creerlo! Juntos de nuevo, tras tanto tiempo… —Unas lágrimas se deslizaron por las mejillas de doña Astrid, pero no supe decir si eran de pena o de felicidad, o tal vez sólo de nostalgia. Pero cuando se recompuso y terminó su relato, entendí el porqué de sus lágrimas—. Era tan feliz… ¡éramos! Y sin embargo, todo tiene un final. Es por eso que estoy aquí, don Merlín, porque creo que sois el único que puede ayudarme. El anillo… —de nuevo, lo hizo girar alrededor de su dedo, hasta que a la postre se lo quitó y se lo entregó a mi amo—. En la parte interior del anillo, Nimue gravó el hechizo que me permitía visitar a mi amado. No me he desprendido del anillo desde que me lo entregó, y siempre que me siento sola, siempre que echo de menos a Guido, pienso en él y aparezco en la biblioteca. Así funcionaba hasta hace poco, pero ahora… Fijaos, señor Merlín, ¿podéis ver el conjuro? Tantos años de uso, y se ha desgastado. Prácticamente borrado por completo. Desaparecido. Y con él, la magia que me llevaba junto a mi amado. Y si vos fuerais tan amable de volver a forjar el encantamiento en la sortija… Si pudierais devolverme la esperanza…

Unos días más tarde, el carruaje y los cuatro jinetes abandonaron Miranda por el mismo camino por el que habían llegado. Mi señor, a quien siempre le han gustado los trabajos de orfebrería, estuvo trabajando sin descanso hasta que encontró las palabras justas que encajarían en el anillo y darían vida de nuevo al conjuro, las gravó en la forja e incluso aprovechó para arreglar una pequeña impureza de la sortija. Doña Astrid no encontró palabras para agradecerle el gran favor que le había hecho. No, no se trataba de un favor, dijo, al borde de las lágrimas, sino de su vida, que Merlín había salvado de una muerte certera.

Y así nos despedimos de la comitiva, con pesar por la partida, pero satisfechos con el desenlace. Desde el portal de Miranda, mi amo y yo les veíamos alejarse por el camino; yo les saludaba con la mano mientras Merlín agitaba un pañuelo.

—Entonces, señor Merlín —le quise preguntar, pues me había surgido una duda—, ¿no había venido doña Astrid para que sanarais su enfermedad?

Mi amo me miró de reojo y sonrió. Con la mano que no sostenía el pañuelo me despeinó el pelo, divertido por la mirada de incomprensión con la que lo observaba.

—Doña Astrid no tenía ninguna enfermedad, iluso. ¿O acaso te pareció que se encontraba mal cuando la viste?

—Pero, si no estaba enferma, ¿por qué la dejó salir su padre de la torre?

—Muy buena observación —asintió él—. Esta es la historia que le contó doña Astrid a doña Ginebra en su primer encuentro, cuando la princesa acababa de acomodarse en su habitación. Y ya que eres tan perceptivo… ¿te has fijado, tal vez, en que estos días doña Astrid gustaba de pasear por los aledaños del bosque?

—Se paraba de vez en cuando a recoger flores —apunté.

—No eran flores, sino hierbas medicinales o de propiedades extraordinarias. Doña Astrid ha pasado muchos años de encierro, y sólo podía estar en dos lugares: o en su habitación, o en la biblioteca. Y si prestaste atención, además de contemplarla con la boca abierta, te acordarás de que le gustaban los libros. Durante todos estos años ha estudiado, ya sabes, un poco de todo, de aquí y de allí… y se ha convertido en una experta herbolaria. Así como su padre tiene dotes mágicas, ella domina el arte de las pócimas. Cuando se dio cuenta de que su anillo ya no funcionaba correctamente, elaboró un plan para convencer a su padre de que la trajera a Miranda. Le encargó a su dama de compañía que consiguiera los ingredientes necesarios, y con ellos creó un bebedizo que la fingiría gravemente enferma. Su afección era tan extraña, que nadie en Ragnaria supo guarecerla. La princesa acertó al juzgar a su padre que, al verla sufrir, no dudó en abrir una brecha entre los dos tiempos y hacerla traer custodiada hasta nuestro hogar. Y a pesar de todo, la única persona que tenía el antídoto para su indisposición era la propia doña Astrid.

—Ah —asentí—, entonces, ¿hizo como esa otra princesa que se envenenó a sí misma? ¿Cómo se llamaba…?

—Julieta, Felipe, Julieta. Pero esa fingió tan bien, que terminó por creerse su fingimiento, y nunca jamás sanó de su enfermedad.

Fin


“El anillo usado” pretende ser un capítulo dentro de Merlín y familia, de Álvaro Cunqueiro.

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