La carta

Ginebra, 14 de marzo de 1832

Querida Isabella, Quer Isabella,

Sé que tras nuestra última conversación y el abrupto modo en que nos despedimos, te sorprenderá ver que te escribo. Lo comprendo. Emprendí un viaje del todo inesperado, sin darte ninguna explicación ni fecha de regreso. Si decidieras echar esta carta al fuego, no te lo podría reprochar.

Sin embargo… sin embargo, significaría mucho para mí que, antes de condenarme al completo olvido, te apiadaras de mi pobre alma y leyeras estas cuatro líneas, esta breve misiva que, con suerte, servirá para redimirme, ni que sea parcialmente, ante ti.

Me aparté de ti cuando tan sólo faltaban dos semanas para nuestra boda. Rompí nuestro compromiso, te abandoné. Sin darte ni excusas ni motivos. Simplemente me fui e hice añicos tu corazón. No espero que me perdones, aunque desearía que no me odiaras. No tengo derecho a pedirte nada, soy consciente de ello. Ni siquiera sé qué ha ocurrido en los últimos meses. Tal vez te has vuelto a comprometer. Tal vez te has casado. ¿Quién sabe? O tal vez todavía me quieres piensas en mí. Y tal vez, sólo tal vez, no me guardas rencor.

Isabella… oh, Isabella. Si pudiera… si hubiera podido… Pero no. El pasado no puede cambiarse. Hice lo que debía, aunque eso significara arruinar nuestra futura vida en común. Si no te conté nada, si me fui sin razones, no fue porque no quisiera dártelas. Isabella, yo te amo amaba. Desearía que nunca dudaras de esto. Mi amor por ti fue real y nunca zozobró. Nunca dudé de que mi felicidad dependía de tu amor. Sin ti, no soy…

Basta ya. No debería haber sacado esto a relucir. Es tarde ya para hablar de mis sentimientos. Tarde para mí. Te abandoné y, al hacerlo, te liberé de mí. Lo único que me queda ahora es ofrecerte una explicación. Tardía, pero una explicación al fin y al cabo.

Hace once meses ya que emprendí este viaje, once meses desde que te abandoné. No he dejado de pensar en ti en todo este tiempo. Pero tenía mis razones para irme: había recibido una carta que reclamaba mi presencia lejos de ti. Te preguntarás qué podía ser más importante que nuestro compromiso… Hace once meses, hubiera jurado que nada. Pero me equivocaba. Eleonora me escribió.

Estoy seguro de que recordarás a Eleonora, ¿verdad? Mi dulce, encantadora Eleonora. Mi querida hermana Eleonora. Si no recuerdo mal, la conociste en su propia boda, cuando contrajo matrimonio con el Conde de T… ¡Qué día más feliz! ¡Y con qué presteza se truncó la felicidad!

Eleonora me escribió una carta de auxilio. Su marido la odiaba, la maltrataba. La hacía terriblemente infeliz. Y ella, ¡oh, dulce Eleonora! aguantó todo el sufrimiento estoicamente, sin plantearse siquiera la posibilidad de escapar. Pero entonces… hace once meses, Eleonora descubrió que estaba embarazada. Y todo lo que había soportado para sí misma, era incapaz de soportarlo para su retoño. Fue entonces cuando me escribió, cuando me suplicó que la rescatara, que la ayudara a huir. Comprenderás ahora por qué no podía explicarte mis motivos, y comprenderás también, espero, por qué tuve que abandonar mi futuro, mi amor, mi vida.

Eleonora y yo nos escondimos en Ginebra. Me encargué de que recibiera las mejores atenciones, los mejores cuidados. En vano. La tristeza que se había adueñado de la risueña Eleonora alcanzó su corazón, y de nada sirvieron todos mis esfuerzos. Tras el parto, Eleonora enfermó… y finalmente me abandonó. Todo lo que me queda de mi amada Eleonora es su pequeño retoño, del que estoy al cargo.

Hasta hoy no me he visto con fuerzas para escribirte. Ya no tiene sentido esconderte la verdad; ya nada puede hacerse por Eleonora. Sólo me queda disculparme y, junto a mis disculpas, ofrecerte mi más sincero amor. Nunca te he dejado de amar, Isabella. Te amaré toda mi vida, del mismo modo en que te amaría si hubiéramos jurado nuestros votos en la iglesia.

Siempre tuyo,

C.

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