Zirana Vehlan no existe

Leo las memorias de Zirana Vehlan desde mi descarga lectora y sé, de algún modo, que si ella consiguió escapar del satélite-prisión de Guax’sein yo también lo conseguiré. Pentos me repite constantemente que soy una ilusa, que deje de leer literatura basura kodyn del siglo pasado y que me centre en el presente, el año 947 de la Dinastía Seubt, y en el aciago destino que vivimos en este lugar olvidado del universo.

Pero yo sigo leyendo las memorias de Vehlan, las imprimo en mi mente y le digo a Pentos que la cultura de masas está infravalorada y que se han desprestigiado las descargas de aventuras, pero que la esperanza, esa esperanza que transmite el saber que hay un mundo libre más allá de este satélite, de esta vacuidad, esta esperanza que sólo soy capaz de albergar cuando leo a Zirana Vehlan, es lo único que me permite vivir día tras día en este lugar olvidado del universo.

No soy idiota. Sé que se trata de ficción. Sé que Vehlan es un personaje inventado, lo sé. Su nombre, en kodyn, significa “alma liberada”. ¿Necesito más pistas? No, no existe, lo sé. Nunca ha existido en la realidad. Pero, me pregunto, ¿acaso mi descarga lectora no existe? ¿Acaso no es real su nombre cuando lo imprimo en mi mente una y otra vez? ¿No es real, para mí? Para mí, es tan real su vida como su huida de este lugar olvidado del universo.

Y, día a día, repaso una y otra vez sus palabras y las grabo en mi memoria, más allá de la impresión de la descarga lectora. Zirana Vehlan vive en mí. Y es por ello que yo puedo vivir en su evasión de esta cárcel. Poco a poco, se van perfilando los detalles de su plan y lo veo, lo creo, lo sé posible. Por supuesto, hay factores que escapan a mi control, que nunca los podré planear, pero que ella tampoco pudo. Una alarma imprevista que alerta a la guardia, una puerta que debería estar vigilada y no lo está, un mapa circunstancial, una ayuda inesperada, una cápsula transportadora con unas coordenadas seguras. Nunca podría planear una huida perfecta, igual que ella tampoco pudo. Aprovechó el momento, se dejó llevar y tuvo éxito.

Cuando se lo explico a Pentos, me dice que estoy loca. Que no soy un personaje de una descarga y que, por muchos planes que haga, fracasaré en mi cometido. Ninguna alarma sonará, ninguna puerta quedará sin vigilancia, ningún mapa se imprimirá en mi base de descargas, nadie me ayudará y, por supuesto, ninguna cápsula estará esperando mi llegada para llevarme lejos de aquí. No quiere acompañarme. Nunca lo conseguirás, insiste, pero yo no dejo que me convenza. Nadie convenció a Zirana de que no conseguiría escapar. Así que persisto en mi esperanza que, como siempre me recuerda Pentos, es lo único que tengo. Tiempo al tiempo.

 

El mapa

—Aun suponiendo que pudieras deshacerte del rastreador y escapar de la holo-vigilancia —me provoca Pentos, los días que tiene ganas de discutir—, ¿cómo pretendes moverte por la estación sin un mapa que te sirva de guía?

—Tengo un mapa —le respondo.

—No; tienes una descarga lectora.

—Tengo todo lo que necesito: sé el camino que he de seguir.

Y es cierto. Lo sé.

—Draqer bendito, ¿no te das cuenta de que no es más que ficción? Vehlan nunca estuvo en este satélite, ¡se lo inventó todo! Y aunque hubiera estado… ¡de eso hace más de cien años! ¿Crees que todo seguiría en el mismo lugar? Los desplazadores no estarán donde dice que están, ni las cápsulas, ni los espacios muertos… ¿¡Cómo puedes tener esta fe ciega!?

—¿Cómo puedes no tener ningún tipo de fe? —Me encojo de hombros—. No hay nada más que pueda hacer.

 

El rastreador

Nanotecnología. Nos lo inoculan en el torrente sanguíneo cuando entramos en Guax’sein, y vivimos el resto de nuestra vida con él. Les permite localizarnos, encontrarnos y, sobre todo, marcarnos como disidentes. Una vez te has alzado contra los Seubt, toda la vida eres su enemigo. Esto nos lo inculcan también, ya no en la sangre, sino en la mente.

—Hay un modo de deshacerse del rastreador —me dice un día Yhrt, una ingeniera que se negó a trabajar para el Buen Líder—. Pero tienes que envenenarte.

—¿Entonces de qué me sirve, Yhrt?

—Te sirve. Si te aseguras de que sea Coanaba quien esté de guardia.

Coanaba es uno de los médicos que cuidan de la cárcel, probablemente el único que tiene interés en cumplir con sus obligaciones para con los presos.

—¿Qué veneno es? —Le pregunto, sospesando el riesgo—. ¿Es mortal? ¿Elimina el rastreador?

—Es un sintetizado, fulminante. Te da media hora, una, si tienes suerte. Y no, no elimina el rastreador.

—¿Estás loca, Yhrt? —Empiezo a parecerme a Pentos cuando habla conmigo, pero no comprendo qué sentido…

—Es la cura, lo que necesitas.

—No me digas —chasqueo la lengua. Las obviedades me llevan al sarcasmo.

—La cura elimina el rastreador. El veneno es tan potente, que hay que limpiar el cuerpo de impurezas. Y el antídoto resulta ser efectivo tanto con el veneno como con el rastreador.

—Estás loca —me dice Pentos cuando, poco después, le cuento que voy a envenenarme voluntariamente.

—Estás loco por no intentar escapar —le respondo, con una sonrisa.

—¿De dónde vas a sacar el sintetizado?

—Yhrt se encarga. Va a correr el rumor de que alguien quiere suicidarse, y le he dado algo con qué pagar el producto.

—Y si es tan fácil, ¿por qué no se envenena a sí misma?

Me encojo de hombros.

—No está tan loca como yo, supongo.

La holo-vigilancia

Una vez Yhrt me trae el sintetizado, sólo tengo que aguardar a que sea el turno del doctor Coanaba en Guax’sein para tomármelo. No tarda mucho, como imaginaba.

Espero a que sea la hora de la comida y, sin que nadie me vea, me tomo el veneno. La reacción es inmediata. Empiezo a vomitar: comida, bilis, sangre. Pentos sabe lo que tiene que hacer y, en cuanto se hacen patentes los primeros efectos, empieza a gritar como si le fuera la vida en ello. Aunque no es su vida la que está en juego, sino la mía. La han envenenado, grita, o algo parecido; el dolor no me deja concentrarme. No sé cómo he ido a parar al suelo, ni por qué hay sangre por todas partes. Yhrt tenía razón; me estoy muriendo. Tengo miedo, mucho miedo, y me arrepiento de haber sido tan insensata. Demasiado tarde.

Me despierto en una cama, en la enfermería. Coanaba está a mi lado, limpiándome la sangre con un paño humedecido. Vuelvo a dormirme.

—Te he dado nutrientes y recomponedores —me dice Coanaba cuando recupero la conciencia por segunda vez—. Y ya has eliminado todo el veneno. En cuanto te sientas con fuerzas podrás irte.

Intento sonreír, pero no sé si lo consigo. Tal vez me ha anestesiado parcialmente.

—Gracias —murmuro.

El anciano doctor asiente y me da la espalda para seguir ordenando sus cosas. Entonces lo veo. El sedativo. Una jeringa con una dosis suficiente como para dormir a un caballo. Lo sé, he visto como los guardias lo usan para dejar fuera de combate a los presos más corpulentos. Si puedo noquear a un guardia, si puedo conseguir un uniforme, entonces no tengo que preocuparme por la holo-vigilancia.

Me doy cuenta de que no voy a tener más oportunidades, y sé que necesito esa anestesia. Me incorporo, vacilante. Parece que estoy bien. Miro a Coanaba y sigue de espaldas a mí. Estiro el brazo, cojo el sedante y, antes de volver a mi posición, levanto la vista hacia el doctor. Me está mirando directamente. Me observa durante unos segundos, en silencio. Luego se gira y termina de guardar los medicamentos. El corazón me late desbocadamente, pero interpreto su silencio como una invitación a que siga con lo que estaba haciendo. Escondo la jeringa bajo la ropa y me reclino en la camilla.

—Recuérdame por qué estás en Guax’sein, por favor —me dice, otra vez de cara a mí. Si no estuviera tan nerviosa, me reiría.

—Quería ser libre.

No hace falta que diga nada más. Coanaba asiente y, como si nunca me hubiera hecho la pregunta, me conecta el multisensor. Tras comprobar un par de pantallas, lo retira y lo guarda.

—Estás bien, ya puedes irte.

La alarma

Para poder llevar a cabo el plan de Zirana es imprescindible que una alarma atraiga la atención de la mayoría de los guardias, pues de otro modo detectarán mi ausencia demasiado pronto. Me escaparé por el contenedor de desechos, como ella. Pero necesito un poco de confusión ambiental para poder deslizarme sin ser vista. Necesito que suene la alarma.

Pentos, mi querido Pentos, cómo voy a echar de menos a Pentos, me asegura que no va a sonar ninguna alarma fortuita, y se ofrece para crear una distracción. Nos hemos despedido esta mañana, y me ha dicho que estaba loca, pero que esperaba estar equivocado. Me ha dicho que rezaría a Draqer para que todo saliera bien, y que si Draqer le escuchaba, los guardias me capturarían y volveríamos a vernos a la hora de la cena. Quería bromear, pero sólo ha conseguido que derramara algunas lágrimas.

Así que, si todo va bien, no volveremos a vernos. Si hubiera logrado convencerle de que viniera conmigo… no, de que tenía que venir conmigo. Pero no ha querido venir, y yo no puedo quedarme aquí. No ha querido decirlo en voz alta, pero Pentos teme por mi vida. ¿Cuántas opciones hay de que escape? ¿Y cuántas de que no me eliminen en mi huida? ¿Vale la pena el riesgo? Sí, yo lo tengo claro, pero él no. ¿Y si las cosas no salen como he planeado? ¿Y si ni siguiera consigo regresar al punto de partida? Pero no puedo pensar en esto ahora, no me puedo permitir las dudas. Menos aun en este instante, en que Pentos ha puesto en marcha su plan.

Es la hora de la confraternización, y los presos, sólo los de nuestra área, compartimos un espacio común fuera de las celdas. Los guardias nos vigilan desde fuera del perímetro y controlan que nadie haga nada que no deba. Y si alguien hace algo que no debe, como Pentos en este momento, entran en la sala y…

Mi amigo actúa como si estuviera fuera de sí. Si no supiera que es profesor, pensaría que antes de entrar en Guax’sein había sido actor, pues su interpretación es magistral. Empieza a gritar y a golpear las cosas, como poseído por un impulso de destrucción. Coge una silla y ataca con ella uno de los paneles de pseudocristal que nos separan de los guardias, como si creyera que puede romperlo. Sé que sabe que no puede, sé que sólo está representando un papel, pero parece que él lo crea. Golpea el pseudocristal, atiza el comunicador y, sin dejar de maldecir al Buen Líder, tira la silla hacia el holo-vigilante. Suena la alarma; los guardias ya están entrando, preparados para reducirle. Le golpearán, probablemente le darán una paliza y, si sigue resistiéndose, lo anestesiarán. Conozco a poca gente dispuesta a algo así por un amigo. Conozco a uno. Y si no quiero que su padecimiento haya sido en vano, tengo que ponerme en marcha.

La huida

En la estancia hay más de un desechador, pero todos están a vista de guardia o de aparato holo-vigilante. Sé que verán mi holograma desde la sala de vigilancia, pues, pero con el alboroto que está causando Pentos es probable que ningún guardia me descubra o llegue a tiempo de impedirme abrir la compuerta de vaciado y meterme dentro. Cuento con ello cuando lo activo y mientras me voy introduciendo en su interior. El espacio es angosto (a duras penas cabo yo, que soy más bien pequeña), así que encuentro puntos de apoyo para deslizarme por el desechador sin caer directamente al contenedor de residuos que hay debajo.

Estoy dentro y nadie me ha detenido. Todo va bien. Pronto se cerrará la compuerta y quedaré a oscuras y en silencio. Mentalmente me despido de Pentos, de Yhrt, de Coanaba y de todos los demás. Para bien o para mal. Y, una vez aislada, ciega y sorda, sigo descendiendo. Hasta que la cavidad en la que me encuentro se abre al espacio ancho del contenedor y, con un suspiro, me dejo caer.

Caigo sobre una montaña de residuos. Mis ojos se han acostumbrado a la oscuridad y distingo algunas formas. Desciendo como puedo y busco las paredes, la puerta, la salida. Debería estar cerrada. Es lo más probable. Pero si hago el ruido suficiente, el guardia de zona vendrá a ver qué pasa, y tengo lista la inyección con el sedante. Antes de empezar a golpear, pruebo la manilla. Y está abierta.

Salgo sigilosamente, tras unos instantes para que mis ojos se adapten a la luz, y miro a mi alrededor. Pronto llegarán. Que no puedan detectar mi rastreador les va a despistar en un primer momento, pero no tardarán en organizarse para encontrarme. La holo-vigilancia les ayudará, así que más vale que encuentre la manera de pasar desapercibida. Me distancio de la puerta y me meto por un pasillo. Avanzo unos pasos, cautelosa, escuchando cualquier señal de movimiento. Cuando oigo que alguien se acerca, me sitúo tras la esquina y espero, preparada.

Todo pasa muy rápido. Antes de darse cuenta, el guardia ya tiene la jeringuilla clavada en su antebrazo y no es más que un peso muerto. Lo desnudo, me pongo su ropa, cojo sus armas. El holo-vigilante me observa desde la esquina superior del pasillo, sabe que intento camuflarme, así que tengo que conseguir despistarle.

Me voy, rápido, y busco un espacio muerto con un grupo de guardias. Es un espacio de intersección de distintos pasillos, y como éstos pueden venir tanto de arriba o abajo como de la derecha o la izquierda, en este punto hay gravedad cero. Antes de dar tiempo de reacción al grupo de centinelas, activo una bomba de niebla del hombre al que he sedado. En poco tiempo, todos estamos sumidos en una bruma densa que no permite distinguir nada. Acabo de dejar ciegos a los holo-vigilantes, y aprovecho la confusión para salir del espacio muerto de intersección. Les va a resultar difícil localizarme. Por lo demás, sigo las instrucciones de Zirana. Sé dónde tengo que ir. Tengo que encontrar un desplazador.

El satélite-prisión de Guax’sein es enorme, del tamaño de un pequeño planeta. Para ir de un lugar a otro, si no se quiere invertir más de un día de viaje, se pueden usar los desplazadores. Son pequeños agujeros de gusano en un estado controlado, que permiten ir a puntos clave del satélite. Uno de estos sitios es el almacén de cápsulas de transporte. El lugar de donde todos venimos y desde el que todos queremos irnos.

Encuentro el desplazador. Lo programo para que me traslade al almacén. Entro. En unos segundos, estoy en la otra punta del satélite.

Siempre hay alguien vigilando el almacén de cápsulas, como no puede ser de otro modo. Tienen que controlar la entrada y salida a Guax-sein, pues el uso de cápsulas está muy restringido. Pero voy vestida como un guardia, llego por el desplazador y, con decisión, me dirijo hacia la primera cápsula con autorización de salida. Cierro la puerta tras de mí, convencida de que de un momento a otro se abrirá y todo habrá terminado. Activo las órdenes de viaje.

Sólo cuando ya he pulsado el código de iniciación del transporte me fijo en las coordenadas previamente establecidas en la cápsula. Marcan un lugar: Kody. Y una fecha: año 52.226 de la edad de Kody. Sé, porque lo he leído impreso en mi mente cientos de veces, miles, que el año 52.226 de la edad de Kody es el correspondiente al año 823 de la Dinastía Seubt, mi sistema de cómputo temporal. Me doy cuenta, un poco tarde, de que la cápsula no estaba programada para desplazarse sólo espacialmente, sino también en el tiempo.

Y me doy cuenta, justo en ese momento, de que Zirana Vehlan siempre ha sido real. Siempre ha existido en mí.

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