El camino que lleva a Belén

―¡Ni hablar! ―le grité al Iphone―. De ninguna manera, Gabi, ¡me niego!
―Vamos, Eme… No te pongas así…
―¡No me pongo de ningún modo! No voy a ir, y ya está, fin de la discusión.
Pero, muy a mi pesar, no fue más que el principio.
Gabi es mi editor. Él asegura que yo soy su periodista favorita pero, por alguna razón freudiana que escapa a mi entendimiento, siempre me hace las putadas más grandes. Como, por ejemplo, obligarme a permanecer en Israel por Navidad. No es que ame la Navidad, ni mucho menos. Lo cierto es que me da bastante igual y más de una vez he renunciado voluntariamente a los atracones de comida a cambio de la posibilidad de un reportaje interesante. Y el artículo que me había encargado era atrayente, no se podía negar. No era esa la cuestión. El problema o, más exactamente, el motivo por el que no quería ir a Belén era mi barriga de siete meses y sexo desconocido.
Pero esta no es la historia de los lances perdidos contra mi editor, sino el relato de por qué mi bebé tiene el nombre que tiene. Que aunque en ningún momento pasó por mi cabeza ponerle este nombre, las circunstancias a veces se ríen en la cara de lo que tú quieres o no quieres hacer. En esos momentos es mejor resignarse y aceptar la realidad.
―Jose se encargará de conducir el jeep, así no te cansas. ―Una vez hube consentido, ya sólo quedaban por determinar algunos detalles técnicos. Como Jose, el fotógrafo que me acompañaría. O el todoterreno destartalado con el que nos desplazaríamos―. En Google Maps no te dejan marcar la ruta en coche, pero yo creo que no tardaréis más de tres horas, cuatro máximo.
―Google Maps siempre te marca menos tiempo del que es en realidad ―puntualicé. Lo hice para dejar clara mi postura en contra del viaje, aunque la verdad era que ya me había dado por vencida. Isa me iba a matar.
Hacía ya unos meses que Jose y yo trabajábamos juntos en la zona de Israel y los Territorios Palestinos, y Gabi se resistía a dejarnos regresar. Tras un último reportaje sobre las áreas rurales en el Distrito Norte de Israel, nos habíamos tomado un pequeño descanso en Nazaret. Mi idea era comprar un billete de tren y regresar a casa; pasar las fiestas con Isabel y con mis padres. Esperaba que el médico me diera la baja lo antes posible, porque la espalda me estaba matando. Tren, familia, novia, descanso… Estos eran mis planes. Lo que ocurrió fue que Jose hizo de conductor y yo de copiloto, y que cogimos la carretera 60 en dirección a Belén.


Álex. Mireia. Mónica. No, no; con eme no. Conmigo tenemos bastante. Mis padres me pusieron el nombre más común y anodino que se les ocurrió, y que me abstengo de reproducir aquí. En un gesto de rebeldía adolescente, decidí que quería que la gente me llamara Eme (“M”), por mi inicial. Llegados a este punto de mi vida, ya no respondo a otro nombre. Por eso le daba tantas vueltas al que pondríamos a nuestro bebé. No muy tradicional, no demasiado extravagante. No muy largo, con buena sonoridad.
Clara. Óscar. Diego. Beatriz. Bonifacio. No, Bonifacio no… éste era de broma.
―¿En qué piensas?
A mí el silencio me gusta. Hubiera podido pasarme todas las horas que iba a durar el viaje sin abrir boca, pero Jose se aburre fácilmente y siempre saca un tema de conversación u otro.
―Nombres ―le dije, señalando la barriga con la mirada.
―Ah. ―Tras unos instantes de reflexión, añadió―: No sé por qué no te tiraste a algún menda y asunto resuelto… ¡con lo caro que te ha salido el bombo! A mí no me hubiera… ¡Au!
El manotazo no había sido fuerte, ni mucho menos, pero suficiente para que Jose no terminara la frase. Al poco de conocerle, salimos un día de fiesta con otros compañeros e intentó besarme. Me lo saqué de encima como pude y le expliqué que soy lesbiana y que tengo pareja. Que me caía bien, pero que nada más, gracias. Creo que se pensó que era una excusa para librarme de él. Creo que, en el fondo, aún está un poco colgado de mí y le cuesta hacerse a la idea de que no tiene ninguna posibilidad.
Afortunadamente, Jose encontró otro tema y pasamos a una charla más distendida. Esa noche sería Nochebuena, y nosotros estábamos en plena peregrinación, en un jeep en medio de campos de cultivo y controles militares. Más nos valía encontrarle la parte positiva.


El coche pinchó. La zona parecía desierta y no había cobertura. Por supuesto que no. Jose no había cambiado una rueda en su vida, pues para eso está la asistencia en carretera. Yo tenía una barriga enorme y, por el simple hecho de levantarme por la mañana, ya me sentía agotada. Además, el todoterreno estaba lleno de grietas por las que se colaba el aire, y estaba congelada. Fuera del jeep, arreciaba el viento. Traía consigo arena en los ojos y ráfagas de frío ártico. Todo el proceso llevó su tiempo. Al final, exhaustos los dos, conseguimos poner la rueda de recambio. Nos subimos al coche y reemprendimos el viaje, pero ya habíamos perdido un par de horas con todo el asunto.
Luego me mareé. Sí, como cuando era una niña pequeña, pero qué quieres. No estaba en mi mejor forma. Así que paramos, caminé un poco para que me diera el aire, vomité, me tumbé en el suelo para que se me pasara el malestar y vuelta a empezar.
Cuando nos encontramos con la carretera cortada y un desvío hacia un camino secundario, nos lo tomamos a broma. Cuando nos dimos cuenta de que nos habíamos perdido, no nos hizo tanta gracia. Creo que lo único bueno de ese viaje fue que no nos quedamos sin gasolina y que, con paciencia, conseguimos reencontrar la 60 y proseguir nuestra ruta.
Al llegar a Belén, ya se había hecho de noche. Nuestro jeep tenía matrícula israelí, así que era mejor entrar a pie a la ciudad para ahorrarnos problemas. Dejamos el coche en una zona de aparcamiento habilitada para turistas como nosotros y nos dirigimos andando hacia el control de los militares israelitas. Si he de ser sincera, no las tenía todas conmigo. Éramos europeos, así que en principio no deberíamos tener problemas para entrar o salir de los Territorios Palestinos. Pero era de noche, éramos sólo dos y, en los múltiples controles que hay para pasar de un país a otro, los militares llevan gafas de visión nocturna. Nosotros apenas veíamos ni conocíamos el terreno, mientras que ellos nos iban a distinguir perfectamente. A nosotros y a nuestro equipo básico. Recuerdo que en esos momentos pensaba que iban a confundir el trípode de la cámara con un arma y que nos iban a disparar sin preguntar.
Por fortuna, nada de esto ocurrió. Nos acercamos al control, comprobaron nuestra documentación y nos dejaron entrar a Palestina… o, por lo menos, a uno de sus últimos bastiones no ocupados.
Apenas habíamos cruzado el paso fronterizo cuando noté un dolor inesperado. Me encogí un poco sobre mí misma y me paré.
―¿Qué ocurre? ―me preguntó Jose, que se había detenido a mi lado.
―No, na…
Antes de que pudiera terminar la frase se intensificó el dolor. No podía ser, pero estaba casi segura de que era una contracción. Justo entonces, un rebaño de bueyes decidió cruzar por donde estábamos. Mugidos de vaca y tañidos de campana nos rodearon. Necesitaba sentarme. En algún momento, sin que yo me diera cuenta, Jose me había rodeado por los hombros. Como si me hubiera leído la mente, me apartó del tumulto y me encontró un sitio donde reposar.
Los animales se alejaron y el dolor remitió. Un chico se nos quedó mirando mientras pasaba frente a nosotros, en dirección al control. Seguro que pensó qué coño hace una europea embarazada aquí en mitad de la noche. Tal vez tenía razón. Jose, que no me había soltado, me miraba con cara de preocupación. Insinué una sonrisa.
―¿Quieres que pida ayuda?
¿A quién?, pensé. Era de noche y el lugar había quedado desierto. Sólo se oía a los militares del control hablando con el chico que nos habíamos cruzado. El teléfono de emergencias que teníamos correspondía a las autoridades israelíes, no palestinas. Y tendríamos el mismo problema si intentábamos hablar con los soldados que nos habían dejado entrar: ¿a quién iban a avisar ellos?
En ese instante, una luz muy intensa me cegó, retumbó un ruido infernal y un fuerte empujón me derribó. Perdí el conocimiento.
Días más tarde descubrí que el chico que nos habíamos cruzado en el camino cargaba una bomba. Su hermano había sido asesinado unas semanas antes al intentar cruzar el muro que separa los dos países. Intentó saltar y los militares lo derribaron, así, sin más. Sin pensárselo, sin piedad. Ojo por ojo, la ley del talión sigue presente en ciertos lugares del mundo. Los mártires, parece ser que también. Nunca lo he comprendido. ¿Qué sentido tiene, sacrificarse por los demás? ¿Y sacrificarse para que mueran los demás? La violencia engendra violencia, lo sabemos. Pero somos incapaces de detenerlo.
Cuando recobré la conciencia, sorda, dolorida y perdida, no tuve tiempo de reflexiones. El polvo me obstruía las vías respiratorias y no podía parar de toser. Me dolía todo el cuerpo. Alguien me había levantado e impedía que me cayera. Tenía a Jose a un lado; por el otro, un desconocido le ayudaba a sostenerme en pie. De repente, me sobrevino otra contracción.
Huna, huna ―decía el hombre, y con la mano libre señalaba hacia unos edificios que parecían a medio construir.
―Aguanta… casi hemos llegado…
Eran unos pocos metros pero se me hicieron eternos. Cuando entramos, el fuerte olor a animales me provocó una náusea que me obligó a vomitar ahí mismo, en el suelo cubierto de paja. Una mula me miró, indiferente: estábamos en un puto establo. Jose me recostó en el suelo y el que tenía que ser el pastor de antes hablaba con alguien más, en árabe y con urgencia. Despertamos a los bueyes, que nos dieron la bienvenida con sus mugidos. Que alguien desinfecte el lugar, por favor, suplicaba en silencio, que no nazca entre la mierda, por favor.
Todo se volvió confuso. Gente, gritos, contracciones, dolor. Jose me cogía de la mano y yo la oprimía con fuerza. Creo que lloré, no estoy segura. Quería estar en casa, en un hospital, que hubiera un ginecólogo y que Isabel estuviera a mi lado. Y entre llanto y dolor, alguien puso un bebé en mis brazos. Era un niño. Me preguntaron algo, pero estaba demasiado exhausta como para comprender nada. Lo único en lo que podía pensar era que, por fin, todo había terminado.
―Ya era hora… ―exclamé― ¡Jesús!

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Un comentario en “El camino que lleva a Belén

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