El abismo

Es el abismo.

Como si estuviera frente a un precipicio, al borde de un acantilado. Siento la brisa del mar acariciar mis mejillas, la respiro y es fresca y salada, y huelo a la muerte que me espera si doy un paso en falso. Y aunque sé que el mar está ahí, al acecho, no puedo saber dónde. Avanzo ciega y sorda al límite del abismo. Incluso muda, incapaz de gritar mi angustia. ¿Cuánto tiempo pasará hasta que tropiece y me precipite a lo desconocido? ¿Cuánto, hasta que una ráfaga de aire consiga hacerme caer?

Es una sensación parecida a la del duermevela en medio de una pesadilla. Cuando el terror irracional de un mal sueño consigue desvelarte, pero no hasta el punto de alcanzar la plena conciencia. Suficientemente lúcido para saber que si vuelves a dejarte llevar por Morfeo, la pesadilla regresará. Pero, aún así, incapaz de despertarte. Y sabes que en cualquier momento cederás al sueño y, en ese preciso instante, tus temores se harán realidad, irremediablemente.

Así es como me siento. En el abismo, a punto de caer. En el duermevela, a la espera de mi peor pesadilla. Sin ninguna posibilidad de salvación.

¿Cuándo empezó todo? No cuándo, sino qué. ¿O debería decir “quiénes”? ¿Me pregunta si alguien me amenaza? No. Nada. Todo. Ahora lo veo claro. Oh, sí, sé que cree que he perdido la razón. Ojalá esté en lo cierto. Pero deje que responda a su pregunta…

Todo empezó con el libro. Lo encontré en una de esas librerías de viejo, ya sabe. Lo compré, bueno, porque era barato. Se suponía que era un libro de historias de miedo, las típicas historias para contar en una noche de invierno alrededor de una hoguera. Además, tenía las tapas de cuero… de imitación, supuse. Como los de las colecciones de clásicos que venden en los quioscos por cuatro duros. Las hojas estaban marrones por el paso del tiempo y olían a moho. Iba a asistir a una cena de Halloween y pensé que el libro daría el pego. Así que empecé a leer alguna de las historias, con la idea de encontrar la más adecuada para relatar en la fiesta.

Ya sabe que las palabras tienen poder: el poder de alterar la realidad. Pero el libro… el libro fue más allá. Todo empezó a cambiar frente a mí, a transformarse: edificios que se doblaban en ángulos imposibles, grietas que se abrían hasta lo más profundo, personas… seres que parecían humanos pero que no lo eran. Oscuridad, siempre oscuridad. El sol ya no brilla como antes. Y el frío… el frío hace que me duelan los huesos. Los otoños aquí no son demasiado severos y sin embargo, ahora… ¿lo ve? ¿Ve el vaho? No, por supuesto. Pero cójame las manos. ¿Heladas, verdad? Por eso no me he quitado el abrigo al entrar, por eso llevo un jersey de lana gruesa. Pero da igual, no sirve de nada. El frío lo llevo dentro.

Sí, fue el libro. Me abrió los ojos a otra realidad, y ahora sé que acechan en las sombras. ¿Quiénes? Ellos, por supuesto. Mis temores. O los suyos. Pero ahora sé que son reales. No se limitan al miedo a no encontrar pareja, a perder el empleo, a no poder pagar la hipoteca. O a quedar atrapado en una vida fútil indefinidamente. Es un terror primigenio. El pavor a lo desconocido. A lo que aguarda en las sombras. Lo que se esconde en el rabillo del ojo. El monstruo bajo la cama. Todo eso existe. Está a la espera. ¿A la espera de qué? De un momento de debilidad. ¿Por qué cree que hay gente que se consume, sin más, hasta la muerte? Porque se alimentan de nosotros. De nuestro aliento. De nuestros días. Pero si los ves es peor. Si los miras, si los tocas, te absorben. Te marchitan. Es sólo cuestión de tiempo.

Días, no han pasado más que algunos días. Pero no creo que me quede mucho más hasta que acaben conmigo. Ya se lo he dicho, estoy en un abismo, a un mal paso de la caída. El tiempo me dará la razón. Cuando encuentren mi cadáver y hagan la autopsia, y el forense ponga en el informe “motivo de la muerte: desconocido”, tal vez entonces empezará a creerme. Pensará que a lo mejor no estaba tan loca. Que supe predecir mi fallecimiento sin provocarlo por voluntad propia. No, sobre todo, quiero que esto le quede muy claro: no quiero morir. Pero mi voluntad no es suficiente para hacerles frente. Así que, por favor, no trate de comprenderlo. No les dé más poder del que ya tienen. Olvídelos. Olvídeme.

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