Stefano Loredan

Orden de lectura respecto a Baile de máscaras: después del capítulo XXVIII, Confesiones, perteneciente a la segunda parte del libro.


Como si no hubieran pasado más de nueve años. Como si la última vez que nos hubiéramos despedido fuera ayer por la noche, tras pasar horas en algún tugurio del Dorsoduro; o tal vez apostando en el casino; o quién sabe si en alguna trifulca callejera. Borrachos y felices de estarlo.

Pensaba que estaba irritado con él, disgustado por su comportamiento. Estaba convencido de que nunca le perdonaría que hubiera desaparecido sin dejar rastro y sin dar señales de vida durante años. Creía que había dejado atrás mis sentimientos por él. Pero estaba equivocado.

Nos encontramos en el puente delle Guglie, en Cannaregio. En cuanto lo vi llegar lo reconocí al instante, a pesar de la oscuridad. Había cambiado, por supuesto. Vestía ropas sencillas que le ayudaban a pasar desapercibido, llevaba el pelo desgreñado y una barba que no le había visto nunca antes. Era más hombre y menos niño, aunque supongo que él podría decir lo mismo de mí. Se percató de que lo observaba y me sonrió, con los labios y con la mirada. Era una sonrisa de reconocimiento, de amistad, de nostalgia. De tiempo pasado y de tiempo perdido. Lo supe en ese momento: seguía enamorado de Dante Pesaro.

Fue fácil regresar a los antiguos hábitos. No a las borracheras, eso no. Los dos hemos perdido un poco el gusto por las juergas y las resacas. Me refiero a la complicidad, a las bromas, a los gestos, al contacto. Sé que tiene plena confianza en mí, y es algo mutuo. Nueve años borrados de un plumazo. Sienta bien volver a tenerlo cerca.

Alina me dice que tenga cuidado. No quiere que sufra, aunque sabe tan bien como yo que es inevitable. Dante me quiere bien, lo sé, pero nunca me querrá como a mí me gustaría. Sin embargo, ¿de qué han servido los años transcurridos desde su partida? Algún beso robado al amparo de la noche, algún amante intrascendente. Ahora me doy cuenta de que nadie ha sido capaz de ser lo que él fue para mí: mi primer amor, tal vez el único.

Nos conocimos de niños. Su padre era el duque, y el apellido Loredan está inscrito en el Libro d’Oro desde tiempo ha; mi familia es una de las más influyentes de la República. Tenemos la misma edad, así que no pasó mucho hasta que nos hicimos amigos. La nuestra es una de esas amistades que se forja en la infancia y que perdura sin importar el paso del tiempo o las diferencias personales. Es lo que ocurre con los sentimientos que nacen a tan corta edad, con esas amistades (o amores) que se insertan en tu corazón y es imposible arrancártelos de ahí por mucho tiempo que transcurra. Por muy lejos que estén. Por mucho daño que te hagan.

Fuimos juntos a la misma escuela, e incluso empezamos juntos la universidad, hasta que Dante lo abandonó todo. Éramos buenos, éramos los mejores. Bien posicionados, bien parecidos, listos, despreocupados y valientes. Respetados y admirados; aunque también odiados y envidiados. Teníamos un séquito de fieles incondicionales y un corrillo de muchachas que nos miraban a través de las pestañas. ¿Acaso no éramos el mejor partido que podía desear una joven casadera? Pero ninguno de los dos pensaba en el matrimonio. Dante encontraba demasiada diversión en los lances de amor y flirteo como para comprometerse para toda la vida. Mi caso, por supuesto, era distinto. Al principio seguí el ejemplo de mi amigo, si bien no tardé en darme cuenta de que su fuente de entretenimiento a mí no me proporcionaba el mismo placer del que disfrutaba Dante. Me resultó más difícil aceptar la verdad: el problema no era que fueran rubias o morenas, nobles o de baja cuna. El problema era su feminidad. Y una vez supe que, irremediablemente, me atraían los hombres, supe que al que quería era a él.

No se lo dije, por supuesto. Me avergonzaba demasiado. ¿Qué diría? ¿Y si se apartaba de mí, y si no volvía a hablarme jamás? Nuestra amistad era todo lo que tenía, pero para mí era suficiente. Así que no hice nada. Lo vi cortejar a lavanderas y a baronesas con la misma devoción y el mismo resultado: caían rendidas a sus pies, pero el amor de Dante no duraba más que unas horas, unos días, tal vez. El mío por él no desfallecía.

Fue por ese entonces cuando se comprometió con Luigina Marzola. Le vino un poco impuesto por su padre pero creo que, si se hubiera negado en redondo al noviazgo, el duque no hubiera insistido. Alessandro Pesaro siempre fue demasiado permisivo con su primogénito, convencido de que algún día sentaría cabeza y se convertiría en un hombre de provecho. Creo que ya ha llegado ese día, y me apena que el duque no haya vivido para verlo. Dante, ahora, es mucho más de lo que nunca fue. ¿Cómo no voy a amarlo, si es todo lo que era, pero con una mirada más humana, una empatía más profunda, una necesidad incorruptible de hacer lo correcto? Es el descarado e ingenioso Casanova de entonces, pero también el sobrio y sensato líder de los Protectores.

Hace nueve años, no le importaba su compromiso más de lo que le importaba la política. Daba por sentado que su destino era casarse y suceder a su padre al frente de la República. Pero en ese momento su destino le quedaba un poco grande, no le interesaba, no lo necesitaba. No le daba importancia alguna.

Creo que eso es lo que hizo que yo empezara a replantearme cosas. Durante los tres meses escasos que duró su compromiso, Dante abandonó sus costumbres licenciosas. De repente lo vi en mi misma situación: obligado a casarse con alguien a quien no quería, como sabía que debería hacer yo si no pretendía disgustar a mi padre. Pasábamos los días juntos y nuestra relación se estrechó aún más si cabe. Y una noche…

Era la víspera de la Sensa. Llevábamos horas bebiendo; habíamos recorrido todas las tabernas habituales y la mayoría de los puestos itinerantes. Hacía horas que habíamos dejado atrás a los Manin y a los Borgato. Tomamos prestada una góndola con intención de ir a San Michele a molestar a los difuntos, pero nos hartamos antes de llegar y nos quedamos flotando cerca de las fondamente Nove. Estábamos sentados en el banco de la góndola, uno al lado del otro, y reíamos por alguna tontería que no puedo recordar. Me incliné un poco hacia él y lo besé en los labios. Durante unos segundos. Luego él se asustó, se apartó de mí y, con el impulso y la borrachera, cayó de espaldas a la laguna.

Siempre me pregunté si, en parte, Dante abandonó Venecia debido a ese beso. Sé que no lo reconocerá, o por lo menos no el antiguo Dante, el de entonces. El Dante de veinte años emergió del agua tras el involuntario chapuzón con una sonrisa de oreja a oreja. Se arrimó a la góndola y, cuando fui a ayudarle a subir, me agarró con fuerza y me hizo caer a mí también. Se anunciaba ya el verano y nos dio igual mojarnos. Al contrario, nos sirvió para despejarnos y quitarnos de encima la modorra que había empezado a adueñarse de nosotros en la balsa. Reímos, subimos a la góndola, regresamos a Venecia. Hicimos ver que no había pasado nada. No sabía si era buena o mala señal: si mi amigo estaba contento, pero avergonzado, o si se limitaba a obviar lo ocurrido. Tenía miedo de preguntar, y con Dante siempre era más fácil dejarse llevar.

Condujimos la góndola de vuelta a casa; la primera parada fue Ca’ Loredan. Me acerqué al amarradero para subir los escalones que accedían al muelle, pero Dante me agarró el brazo. Cuando me giré para ver que quería, la sonrisa había desaparecido de su rostro. Lo siento, dijo, preocupado. No sabía que tú… se mordió el labio inferior, incapaz de encontrar las palabras adecuadas para decir lo que quería decir. Apartó la mirada unos segundos. Yo aguardaba, en silencio. Oía palpitar mi corazón y notaba las lágrimas agolpándose en mis ojos. Parpadeé y tragué saliva, expectante, hasta que Dante volvió a mirarme a los ojos. Eres mi mejor amigo, Stefano, siempre lo serás. Pero yo no… negó con la cabeza y, sin saber cómo continuar, me abrazó con fuerza.

Ahora observo al hombre en que se ha convertido y creo que siempre supe que le aguardaba un importante destino. Tal vez por eso me enamoré de él; tal vez por eso sigo amándole.


 

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2 comentarios en “Stefano Loredan

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