Tratado sobre emanación mágica y otras cuestiones de interés

Es un tema recurrente en el estudio de la magia el preguntarse por su origen, es decir, por la fuente de la que ésta se nutre. Es necesario recurrir a los textos clásicos para arrojar algo de luz sobre el sujeto de estudio de este capítulo. Como de costumbre, Aristóteles es el autor más exhaustivo en este campo. En “De la conjuración”, hace una clasificación completa de las distintas procedencias de la magia, y añade los que, según su parecer, serían los principios de emanación mística. También Plinio el Viejo, en su “Historia Natural”, hace referencia a este tema. No obstante, el autor se limita a recopilar la información expuesta por Aristóteles, con alguna pequeña variación en la ordenación de la misma. Hay que leer el “Arte mágica”, de Séptimo Valerio, para encontrar nuevas aportaciones en relación a posibles fuentes de emisión. Sin embargo, todavía hoy hay muchos autores que ponen en duda la propuesta de Valerio y, en cambio, prefieren decantarse por la versión tradicional de Aristóteles.

En el presente volumen, he intentado recopilar todas las posibles fuentes de magia conocidas. He añadido, también, las aportaciones de algunos autores modernos que, sin menospreciar a los clásicos, han intentado ir más allá en la comprensión del funcionamiento y uso de la energía mística. Espero, pues, ser metódico en mi exposición y servir de guía para los futuros magos de nuestra República. A pesar de ello, e incluso si logro mi objetivo, recomendaría a cualquier interesado en la materia que lea a los clásicos para una mayor aprehensión del sujeto de estudio.

Extracto de “Principios elementales de la magia moderna”, de Giuseppe Ciampi (Venecia, 1819)

 

Berenguer

Contemplo, sobrecogido, las tres columnas del templo de Augusto que se alzan, majestuosas, en el angosto espacio en el que me encuentro. No ha sido difícil acceder a la sede del Centro Excursionista de Cataluña, el lugar donde se conserva el legado imperial, ni tampoco quedarse rezagado en cuanto han cerrado las puertas. Ahora, la luz de la luna ilumina este patio interior en el que se elevan las columnas romanas. Queda aún tiempo hasta la medianoche pero, si quiero que todo salga según lo previsto, si quiero corroborar mi teoría, será mejor que no me entretenga con los preparativos.

Aunque sólo tres columnas hayan resistido el paso de los siglos, arquitectos y arqueólogos están de acuerdo en que el interior del edificio se extendía hacia el oeste de la línea de columnas, hacia la plaza que hoy alberga el ayuntamiento y que, antaño, era el antiguo foro de la ciudad romana. Es en el interior donde los séviros augustales servían a la deificación de su emperador; donde ahora reverberan los ecos del pasado; donde se palpan el aura de antiguo y el espíritu místico del lugar.

Ha llegado el momento de subir al podio y trazar el pentagrama para el conjuro. Dibujo las líneas con polvo de espectrolita, una piedra que actúa como catalizador del poder mágico y de vínculo con el pasado, y coloco el amuleto en el centro. Se trata de un colgante que he comprado a un anticuario que me ha asegurado su origen medieval. Aunque tengo mis dudas, sé que es antiguo; percibo su esencia y es muy anterior a la mía propia. He engastado en él un fragmento del mismo mineral que uso para el ritual, una gema de reflejos verde-azulados pulida con forma esférica.

Si todo va según lo previsto, y confío en ello, el hechizo que realizaré absorberá todo el poder del templo de Augusto, toda la fe depositada en él, toda la energía mística acumulada durante siglos. Todo este poder en un pequeño colgante, que me pertenecerá solamente a mí. Y entonces, estoy seguro de ello, estará en mi mano inclinar la balanza de la guerra que asola Europa.

***

A día de hoy, más de un siglo después de la publicación de los Principios elementales de Ciampi, su tratado sigue siendo una de las obras de referencia para el estudio de la magia. No obstante, creo haber hecho un descubrimiento que revolucionará los cimientos de esta disciplina. Agnès, que ha hecho una evaluación crítica de mi hipótesis, está convencida de su validez. Su seguridad me alienta, dado que los conocimientos teóricos y la capacidad analítica de mi hermana son claramente superiores a los míos.

En su tratado, Ciampi recopila las propuestas de los teóricos más reconocidos sobre los distintos orígenes de la emanación mágica. Según expone, la fuente más habitual, de la que cualquier neófito aprende a absorber la magia de modo cuasi instintivo, es la esencia proveniente de la naturaleza y de los seres vivos, la que todos emanamos. Pero también puede extraerse energía mística en ciertos lugares especiales, como, por ejemplo, los puntos de confluencia de las corrientes telúricas; o en momentos concretos, sobre todo relacionados con fenómenos astrológicos. Y, por supuesto, un mago experto será capaz de extraer esta esencia y, en lugar de desgastarla en un hechizo inmediato, podría almacenarla en un objeto creado con este fin. Estas aparentes bagatelas permitirían al conjurador usar mucho más poder del que debería ser capaz de alcanzar por sí mismo.

Con alguna que otra apreciación y ampliación, éste sería el resumen de Ciampi sobre fuentes de energía mística. No obstante, creo haber descubierto una nueva fuente de poder. Nueva en el ámbito teórico, por supuesto, pero no en sí misma. Se trata de la que he llamado esencia histórica: la magia acumulada en las antiguas ruinas, en los monumentos y edificios centenarios que, a lo largo de los siglos, han atrapado las vivencias de las que han sido testigos y las han convertido en un poder latente. Creo, además, que este poder se puede extraer, canalizar y almacenar en un objeto. Y, así, disponer de esta esencia histórica acumulada a conveniencia.

Hemos discutido mucho sobre qué lugares serían los más adecuados para conseguir este poder. Mi hermana cree que la naturaleza de los hechos ocurridos alrededor del sitio será clave, no tanto por lo que fueron en sí, sino para aportar un factor de variedad a la mezcla de energías místicas. Hemos decidido crear un artefacto con la esencia de cinco emplazamientos distintos: uno dedicado a la fe; otro al amor; uno impregnado de pena y dolor; uno consagrado al conocimiento; y uno que haya vivido el miedo y el sufrimiento. Cinco ingredientes que permitirán crear un objeto completo, perfecto. Un arma, al fin y al cabo, contra las potencias del Eje.

***

Fue Agnès quien sugirió el templo de Augusto, el más antiguo lugar de culto de Barcelona. Se construyó en el monte Tàber, el punto más elevado del asentamiento romano, algunos años antes del cambio de era, hace casi dos mil años. Una vez elegido el sitio, nos pareció natural que fuera éste el primer edificio sometido al ritual, ya que se remonta a los orígenes de la ciudad. Investigamos el proceso que deberíamos seguir, recolectamos los ingredientes del conjuro, estudiamos los trazos del pentagrama y escogimos el momento más propicio. Ahora.

Es una lástima que Agnès se pierda el primer ritual. Su jefe, un verdadero incompetente, ha reclamado su asistencia para una reunión en Madrid. Le dije que podíamos retrasarlo todo para cuando ella regresara, pero mi hermana ha insistido en que no hacía falta que lo demorásemos por ella. Ya habrá otras ocasiones, me dijo, y es verdad, nos quedarán cuatro lugares más a los que ir. Así que aquí estoy, solo.

Las campanas, las de la catedral, o tal vez las de la iglesia de Sant Just, empiezan a repicar. Es medianoche, y la luz de la luna arranca destellos al mineral pulverizado que da forma al pentagrama. Comienzo a recitar el conjuro. El aire a mi alrededor se vuelve más denso, más consistente, y tengo que entrecerrar los ojos porque la luz que se refleja en la espectrolita me ciega.

La noto. Percibo la magia acumulada en lo que queda de las tres columnas del templo; siento como se desprende, perezosa, demasiado habituada a la rugosidad de la piedra, a la imperfección de las ruinas. No se trata sólo de una sensación física, sino visual. El aura del templo ha empezado a brillar con luz propia, a brillar y a bailar alrededor del pentagrama. Poco a poco, la esencia mágica, plúmbea y resplandeciente, abandona las columnas y empieza a girar lentamente por encima de las líneas del conjuro y por encima del colgante, destinado a ser el receptáculo del poder del templo. Aspiro aire que no es aire, que es magia, y me invade la felicidad del triunfo. Suelto una carcajada.

Entonces, la esencia histórica, ahora ya puedo llamarla así, empieza a concentrarse en el medio del pentáculo. Pero en lugar de descender hacia el colgante, se transforma. Adopta una apariencia que no me es del todo desconocida: la de un hombre, vestido con galas militares de época romana, que flota frente a mí y me contempla desde su posición elevada. Está hecho de una magia que brilla con la pureza del blanco cegador, pero con una figura perfectamente formada, hasta el último detalle.

En ese momento, la aparición habla. No grita, pero su voz retumba en mi cabeza. Habla en latín, y en íbero, y en romance, y en árabe, y en hebreo, y en catalán, y en castellano, y en otras muchas lenguas. Y es voz de hombre, y de mujer, y de niño y de anciano. Y, de algún modo, soy consciente de todas sus lenguas y todas sus voces y comprendo sus palabras:

―Soy Augusto ―, truena su voz―. Soy el espíritu de esta ciudad.

Siento temblar mis piernas y busco apoyo en una de las columnas, mareado. El tacto de la piedra es gélido, pero es mejor que el calor que emana de la criatura. ¿Qué he hecho? ¿Qué he creado? No me atrevo a mirarlo. Busco el amuleto con la vista y me fijo en un curioso detalle: una fina cadena que surge de él y que, atada al tobillo del llamado Augusto, lo enlaza a mi colgante.

―¿Qué… ―trago saliva, me lleno de coraje y levanto la mirada― qué es lo que quieres?

―Ayudarte ―afirma, con sus voces infinitas―. A proteger este lugar ―hace un gesto con las manos, abarcando todo lo que nos rodea―. A acabar con la guerra. ¿No era esto lo que querías cuando me has invocado?

Asiento. Siento cierto alivio, y pienso que, al fin y al cabo, no ha ido tan mal como había creído. Pero no me dejo llevar por la euforia, porque en ningún momento había tenido en cuenta una posible conciencia que personificara la esencia histórica. ¿Cómo saber las verdaderas intenciones de esta conciencia? ¿Cómo estar seguro de que no está mintiendo? ¿de que es quien dice ser? Tal vez…

―Para ello, debes ponerte el colgante.

Tal vez debería estudiar las posibles consecuencias de lo ocurrido antes de dar ningún otro paso. Me separo de la columna y me arrodillo frente al amuleto. Tal vez…

―Ahora.

Tal vez, hablarlo con Agnès, ver qué opina, discutir cómo proceder a continuación. Cojo la cadena del colgante y noto una corriente de energía que me recorre de arriba abajo. Tal vez…

―¡AHORA!

O, tal vez, debería ponerme el colgante y controlar su poder antes de que sea demasiado tarde. Antes de que pueda arrepentirme de lo que he hecho. Vacilo unos instantes pero tomo una decisión: deslizo la cadena por detrás de mi cabeza y el amuleto entra en contacto conmigo. El poder, un poder con el que nunca había soñado, me traspasa, me invade, me inunda con una fuerza y un dolor indescriptibles. Y pierdo la conciencia.


Agnès

Sí, trabajo para el Régimen. Concretamente, ejerzo funciones de secretaria en la delegación catalana del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Mi jefe, uno de los directivos, es incapaz de pronunciar mi nombre y se limita a llamarme Inés, su versión castellana. Como sabía que le complacería, le aseguré que me gustaba más que Agnès, y le agradecí encarecidamente la ocurrencia. Algunos dicen que soy una traidora. Yo prefiero pensar que soy una superviviente.

Hace apenas diez años, mi padre era especialista en filología clásica y daba clases en la universidad, y mi madre era una sufragista en lucha por conseguir el voto de la mujer. Ahora, los dos están muertos.

Cuando finalicé mis estudios en filología francesa, me ofrecieron la posibilidad de ir a la Sorbona para realizar una licenciatura especializada en magia. Las clases sobre esta materia que se impartían en la universidad de Barcelona, que cursé como una extensión a mi carrera, eran muy básicas. A pesar de ello, me sirvieron para descubrir mi pasión, así que no dudé en trasladarme a París cuando surgió la oportunidad.

El 18 de julio de 1936 hacía ya casi un año que vivía en el barrio Latino. Mis padres fueron previsores y no sólo me impidieron regresar a casa, sino que enviaron a mi hermano, que aún no había finalizado el instituto, a vivir conmigo. Ahí pasamos la guerra, yo me licencié de nuevo, Berenguer empezó sus estudios, siguiendo mis pasos, y mis padres, que decidieron quedarse en Barcelona, que decidieron apoyar aquello en lo que creían, murieron.

En abril del 39 terminó la guerra y decidimos quedarnos a vivir a París. Pero en septiembre Alemania invadió Polonia, y en junio del año siguiente se perdió la batalla de Francia y se firmó el armisticio que dio comienzo a la Francia de Vichy. Y entonces decidimos regresar. Con mi trabajo, logro pagar una habitación en una pensión para Berenguer y para mí, y así podemos subsistir en este mundo roto.

***

Todavía hay quien se acuerda de nuestros padres, quien los quería, y quien está dispuesto a ayudarnos. El bedel de la universidad es una de estas personas, y esta noche nos ha dejado entrar en el edificio con la excusa de que queríamos consultar unos libros de la biblioteca y con la promesa de que lo dejaríamos todo tal y como lo encontráramos. Cruzamos el claustro del patio de letras, Berenguer delante, decidido, y yo detrás, rezagada. Dediqué tres años de mi vida a este claustro, a estos naranjos, al estanque de peces y a las frías aulas. Demasiados buenos recuerdos que me gustaría restituir, libres de guerras y fascismos. En cierto modo, por eso estamos aquí. Hemos perdido nuestro país y estamos a punto de perder Europa. Si, por poco que sea, podemos inclinar la balanza… Si ganamos la guerra contra el Eje, ¿quién sabe? puede que los Aliados se acuerden de nosotros y nos ayuden a recuperar España.

―Venga, Agnès, date prisa.

―Ya voy ―respondo, y acelero el paso.

Subimos las escaleras y rodeamos parte del claustro desde el primer piso. Ahí es donde se encuentra la biblioteca, el lugar donde realizaremos la segunda parte del ritual. Que todos los conocimientos acumulados en los libros centenarios que guarda esta biblioteca sean parte de la esencia del colgante de Berenguer. Que su magia se sume a la del templo de Augusto, que incremente el poder del amuleto. Y, cuando hayamos finalizado con los cinco rituales, que tiemblen. Que tiemblen todos aquellos que destruyen ciudades, pisotean libertades y asesinan personas, porque nada podrán hacer contra nuestro poder.

Entre los dos, trazamos el pentagrama con los glifos correspondientes. Puede que yo sea mejor teórica que mi hermano, pero él tiene más destreza en la magia práctica. Además, es más impulsivo, y más atrevido, dispuesto a arriesgarse a fin de conseguir sus objetivos. Esto es lo que le ha llevado a crear una teoría completamente nueva que, con la última luna llena, se demostró acertada. Me enorgullece su triunfo y me escuece no haber podido presenciarlo, pero hizo bien al no esperarme; no valía la pena demorarlo. Porque esta noche, cuando terminamos los preparativos, cuando llega la hora propicia, me convierto en testigo de la grandeza de Berenguer.

Una luz cegadora emerge de las paredes, de los libros, incluso de los muebles. Se hace difícil respirar, el aire es demasiado denso, y me percato de que las partículas de magia invaden todo el espacio libre. Berenguer contempla el remolino que se empieza a crear encima del pentagrama y sonríe. No, ríe, como si le acabaran de contar la más graciosa historia. Me contagia su risa e, inevitablemente, una carcajada escapa de mis labios. El pequeño tornado encima de nuestras cabezas gira y gira y, poco a poco, va introduciéndose en el colgante que reposa en el suelo, en el centro del conjuro.

―Es increíble, ―digo, con una sonrisa de oreja a oreja―. ¡Ha funcionado!

―¡Te lo dije! ―Me responde. Sin dejar de reír, se acerca al amuleto y se lo vuelve a colocar alrededor del cuello. Le sobreviene un pequeño espasmo, como si lo atravesara una corriente de energía, pero sólo dura unos segundos y vuelve a girarse hacia mí, aún sonriente―: Todo el conocimiento es mío, Agnès… ¡todo!

Lo creo, estoy convencida de que toda la sabiduría de todos los libros que nos rodean está al alcance de su mano, forma parte de él… y esto me hace pensar en lo que pueda ocurrir cuando sea la tristeza lo que absorba y no el conocimiento. Pero desecho mis dudas y regreso al ahora, a nuestro pequeño gran triunfo. Nos miramos, felices de que todo vaya bien, y Berenguer alza un puño al aire, en señal de victoria. Eufórico, exclama:

―¡Soy Augusto!


Berenguer

Pasamos por debajo del Arc de Triomf, construido con motivo de la exposición universal de 1888, en dirección al parque de la Ciutadella. Antes de llegar al parque, no obstante, nos desviamos hacia la derecha y cruzamos la calle del Comerç para llegar a nuestro destino: la calle dels Petons. Es una calle estrecha y sin iluminar, tranquila a estas horas de la noche. Aún así… tendremos que hacer un conjuro de ilusión para evitar que nos descubra alguna mirada curiosa o algún borracho despistado.

A esta calle de los besos hemos venido a buscar pesadumbre y melancolía, y no creo que nos falten. Cuenta el dicho popular que, cuando la ciudadela militar que da nombre al parque aún estaba en pie, era en esta calle donde la justicia permitía a los condenados a muerte despedirse de sus seres queridos. Es un lugar de últimos besos, pues, besos de madres, de enamorados, de hijos a punto de quedar huérfanos. ¿Cuántas lágrimas se derramaron en este callejón? ¿Cuántas últimas palabras y mejores deseos salieron del aliento de los condenados? ¿Cuántas esperanzas se perdieron? Los sillares y los adoquines lo saben. Los guardan, los atesoran, y hoy se convertirán en esencia histórica, en pura magia.

Todo va según lo previsto. Mientras Agnès dibuja el pentagrama y se encarga de que todo esté a punto, me dedico a realizar los conjuros que ocultarán nuestra presencia a los extraños. Ilusiones visuales para que la calle parezca vacía, y sonoras para que no se oiga ningún ruido fuera de lo normal. Cuando llega el momento, recito el conjuro, la magia empieza a desprenderse de los lugares a los que lleva tantos años aferrada, se crea un huracán de fuerza mística y, una vez ya hemos extraído toda la esencia, ésta se introduce en mi colgante, en el centro del pentagrama.

Cuando todo ha finalizado, me agacho para recoger el poderoso objeto que estamos creando y me lo pongo, como de costumbre. Y, como ya me ha ocurrido las otras veces, siento la energía dentro de mí. Me golpea más fuertemente de lo que esperaba, me trastorna el ánimo, me quita el aliento. El envite me hace trastabillar hacia atrás un par de pasos y acabo por caer de espaldas.

―¡Berenguer! ―grita mi hermana, con ansia en la voz, y me pasa por la cabeza que es una suerte que haya creado una barrera de sonido. Es el último pensamiento coherente que tengo, porque de súbito me asalta una enorme pena, una angustia y una desesperación que van más allá de lo que jamás haya sentido, ni siquiera tras la muerte de nuestros padres.

Agnès se ha arrodillado a mi lado y me acuna la cabeza entre sus brazos, me habla, me dice algo que no entiendo, que no puedo entender. La veo borrosa, y me doy cuenta de que estoy llorando. Tanto, tanto dolor… tanta aflicción… no, no puedo aguantarlo. Me sobrepasa. Me anula.

―¿Por qué? ―le pregunto.

―¿El qué? ¿Por qué, qué? ―repite, también ella angustiada―. ¿Qué te ocurre? Berenguer, por favor, dime algo…

―Todo son muertes… destrucción, guerras, asesinatos… ¿qué vamos a hacer nosotros para impedirlo? Es imposible…

―No, no ―me dice, y me doy cuenta de que tiene los ojos húmedos. Se inclina un poco y me abraza ―. No pienses en eso ahora, cariño. Es el colgante, ¿verdad? Déjame que te lo quite…

Vuelvo en sí y me rebelo con todo mi ser contra sus intenciones. Levanto la espalda del suelo y la aparto con la mano. Le debo haber dado un empujón con más fuerza de la que creía, porque cae hacia atrás y no era esa mi intención. Me levanto, un poco recompuesto del sentimiento de pena, pero me percato de que no llega aire a mis pulmones. Tengo que obligarme a respirar, coger aire, soltarlo. Inspirar por la nariz, expirar por la boca. Poco a poco, vuelvo en mí. Agnès está otra vez de pie, frente a mí, y me contempla con los ojos muy abiertos, consternada.

―Perdona, ―le digo, cuando me recompongo―. No quería hacerte caer.

―No importa, ―dice, sin dejar de mirarme―. ¿Qué te ocurre, Berenguer? Esto no va bien. Hay algo que no…

―Hay algo que no va bien, tienes razón. ―Trago saliva. Aún me cuesta ordenar las ideas―. Es la guerra, Agnès. Está acabando con todo. Tenemos que impedirlo. Lo sabes tanto como yo.

―Pero… ―niega con la cabeza, lentamente― ¿a qué precio?

―Al que haga falta…


Agnès

Érase una vez un joven caballero, Pere Pals, que vivía cerca del monasterio de Sant Pere de les Puel·les, un convento de monjas benedictinas. El caballero tenía por costumbre ir a misa a la iglesia de Sant Pere, y fue allí donde se enamoró de una de las novicias de la congregación. Por suerte, o tal vez por desgracia, el amor del joven fue correspondido por el de la novicia. Planearon escapar juntos: Pere Pals acudiría de noche al monasterio y secuestraría, consentidamente, a su amada.

Mi hermano está convencido de que la historia de este amor, que data de fechas inmemorables, proveerá su colgante de una esencia histórica de gran viveza, de gestas heroicas hechas por amor, que darán el balance apropiado a su amuleto.

Me he dado cuenta de que nunca se desprende de él. Duerme con él, lo protege con la mano para evitar que se lo roben o, tal vez, que yo trate de quitárselo. Hace bien, supongo, pues lo he intentado en un par de ocasiones, en vano. Ahora sé que la influencia del colgante no le está haciendo ningún bien. Está cambiando, no se comporta con su naturalidad habitual, no es él. A veces lo parece, conversamos como si no hubiera pasado nada, me sonríe… pero hay algo en su mirada. Y es tan espeluznante cuando, con orgullo, afirma que es Augusto… ¿acaso lo ha poseído el espíritu del templo?

Empecé a buscar información, pero fue inútil. Nadie había hablado de la esencia histórica hasta que él le puso nombre. ¿Cómo iba a encontrar datos sobre lo que le puede haber ocurrido si es la primera vez que alguien intenta algo parecido? Así que hice algo distinto. He ideado un conjuro que sea capaz de contrarrestar los efectos de los rituales que hemos hecho. Un hechizo que, en lugar de absorber toda la energía mística en un contenedor, la libere. Quiero romper el sello que encierra la magia en el colgante y permitir que regrese a su origen: la ciudad.

Por supuesto, Berenguer no sabe nada de todo esto. Intentaré convencerlo, por enésima vez, de que no es buena idea llevar a cabo el ritual. Pero, si no lo logro, pondré a prueba mis habilidades como maga.

***

Pere Pals fue a buscar a su amada la noche que habían acordado, pero en la iglesia se celebraba una misa de difuntos. El joven caballero se abrió paso entre la ilustre asamblea que se había reunido para honrar al difunto, hasta llegar al féretro. Y cuál fue su sorpresa cuando, al inclinarse sobre el ataúd, vio que el muerto era él mismo.

Toda leyenda tiene una moraleja, y Pere Pals comprendió que lo que estaba viendo era una advertencia. Dios lo castigaría si obraba en contra de Su voluntad. Pero mi hermano no parece percatarse de la enseñanza que entraña nuestra historia.

―Por favor, ―le suplico, una vez ya hemos llegado a la plaza frente al monasterio―. No lo hagas, Berenguer.

Me lanza una mirada de desdén que no tiene absolutamente nada de mi hermano.

―Pensaba que habías venido a ayudar, no a incordiarme.

―¿No te das cuenta? Hay demasiado horror en la historia de Pere Pals. No encontrarás amor, o al menos no sólo amor, ¿y cómo crees que esto te afectará? No serás capaz…

―¡Calla! ―grita, y me quedo paralizada―. Tengo que hacer lo que tengo que hacer, contigo o sin ti. Cuando hayamos terminado la extracción de esencia histórica… seré tan poderoso que ningún poder terrenal podrá oponerse a mí. Será mejor que escojas bien… ―de repente se interrumpe, se ha dado cuenta de que estoy llorando. Suspira, se dulcifica―. Agnès, sabes cuánto te quiero. Nunca te haré daño, por supuesto. Los únicos que sufrirán en mis manos…

―No ―le interrumpo―, no lo digas. Nadie debería sufrir, Berenguer. Eso no es lo que tú querías. Queríamos proteger a los inocentes, ¿no te acuerdas?

―No seas ingenua… ―chasquea la lengua, con desprecio― ¿y cómo creías que los íbamos a proteger? Necesitábamos un arma, y ya la tenemos, o casi. Cuando termine esta noche… después de hoy, ya sólo quedará un paso más, sólo un paso…

No me queda alternativa, pues. Me aparto de su lado y está tan absorto en prepararlo todo que ni siquiera lo percibe.

Pere Pals desoyó la clara advertencia, y la noche siguiente a su supuesto entierro se presentó en el monasterio para llevarse a su novicia. Empezó a trepar los muros para llegar a la habitación de su amada pero, en ese instante, cuatro enormes lobos salieron de la nada y se abalanzaron sobre él. La novicia pudo escuchar los gritos de su adorado caballero mientras éste era descuartizado hasta la muerte.

Los lobos no destrozarán a Berenguer, no si está en mi mano impedirlo. Así que inicia el ritual, pronuncia el conjuro, hace los gestos, y todo comienza de nuevo. El aire denso, la luz cegadora, el remolino de esencia mística… ha llegado mi turno.

Cierro los ojos, me concentro, llamo la magia a mí. Me sorprende la cantidad de energía que recibo, como nunca antes me había ocurrido, pero comprendo que es normal, pues la magia está flotando justo enfrente de mí. Murmuro las palabras y libero el conjuro. Y hace efecto, no cabe duda. El colgante revienta en mil pedazos y toda la energía contenida emerge en un estallido.

―¡Nooo! ―grita Berenguer, enfurecido―. ¿¡Qué has hecho!?

Mi hermano me mira, incrédulo, fuera de sí. Y luego mira a su alrededor y, sin tiempo para reflexionar, se sitúa en el centro del pentagrama y repite el conjuro otra vez… pero con un ligero cambio: en esta ocasión será él la vasija, el receptor, en lugar del colgante. Cuando me doy cuenta de lo que está haciendo, la energía ya lo está penetrando por todas partes.

Me acerco a él, tengo que sacarlo de ahí como sea. Pero cuando piso el pentagrama se gira hacia mí y me mira con unos ojos completamente blancos, resplandecientes, que emanan odio. Sin decir nada, hace un gesto con la mano y salgo despedida hacia el pavimento de la plaza. Ya antes de llegar al suelo, el dolor de mil cuchillos clavándose en mi piel me hace perder el sentido.


Berenguer

¿Qué ha hecho? ¿Qué ha hecho? ¡Insensata! ¡Podría haberla matado! Tal vez esté muerta… ¿¡y qué me importa!? Si es así, se lo merece. Y ahora…

¡Aaaaah…! ¡El dolor! El dolor… es insoportable… demasiado poder… no… Tengo… tengo que terminar hoy el ritual. Da igual el día, o la hora… ahora ya da igual todo. Tengo que terminar con este dolor… tengo que conseguirlo… tengo que salvarlos a todos… a todos…


Agnès

Cuando recupero la conciencia, está amaneciendo. Me levanto como puedo y, medio cojeando, me dirijo al único lugar donde creo que puede estar mi hermano: el último emplazamiento, la plaza de Sant Felip Neri.

Recorro toda la calle de Sant Pere Més Alt hasta llegar al Palau de la Música y, desde ahí, bajo hacia la catedral. El tobillo me duele a cada paso y debo tener alguna herida más profunda, no sé dónde, porque cuando me miro la mano veo que está ensangrentada. Paso frente a la catedral y me cruzo con un par de personas que me observan, sorprendidas por mi estado. Pero ven algo más en mí que los conmina a no acercarse. Paso entre las dos torres romanas que daban entrada a la ciudad primigenia, y me desvío hacia la derecha en la primera esquina, hacia el barrio judío, para llegar a mi destino.

En la plaza de Sant Felip Neri hay una bonita fuente, hay árboles que dan sombra a aquellos que se sientan a disfrutar de la tranquilidad del lugar, hay casas que se remontan al pasado renacentista de Barcelona, y hay una pequeña iglesia barroca. Sus paredes están completamente destrozadas: efecto de la metralla de las bombas que cayeron sobre la iglesia durante la Guerra Civil; recordatorio de los niños que murieron escondidos en su sótano.

Ahora hay, además, un pentagrama en el suelo y un enorme vacío en el ambiente. Ni rastro de mi hermano.

―¡Berenguer! ―lo llamo, a gritos, hasta quedarme afónica. Alguien vacía un cubo desde una ventana; alguien se prodiga en insultos conmigo. En el estado en el que me encuentro, completamente abstraída de la realidad, no me importan ni el agua ni los improperios.

Al final, a través de las lágrimas que anegan mis ojos, descubro algo que de entrada me había pasado desapercibido: la silueta de unas huellas en el pavimento. Tienen la forma y el tamaño de un zapato de hombre, y su sustancia es esencia mágica.

***

Jamás volví a ver a Berenguer. Supongo que nunca sabré lo que realmente ocurrió, en lo que se convirtió, el daño que le hizo toda esa energía mística acumulada en su interior.

Ese día, la policía tuvo que presenciarse en la plaza de Sant Felip Neri para llevárseme de ahí. Mi estado de enajenación era tal, que mi mente borró la mayor parte de ese amanecer. Luego esperé. Esperé el regreso de mi hermano, esperé noticias de él, esperé que sucediera algo. Nada ocurrió.

Entonces intenté encontrarle. Probé con hechizos de localización, con conjuros de detección de esencia mística, con sortilegios de adivinación… Todo en vano. Quise creer que Berenguer había levantado una barrera entre nosotros dos, porque me negaba a aceptar la alternativa: que hubiera desaparecido definitivamente.

Cuando ya no sabía qué más hacer, y casi por casualidad, encontré una noticia en un periódico que me puso sobre alerta. Empecé a prestar más atención a los reportajes sobre la guerra y descubrí otros artículos relacionados, de lo más sorprendentes e inexplicables. Escuadrones enteros de soldados masacrados. Ciudades desaparecidas. Campos de internamiento reducidos a cenizas.

Algunas crónicas decían que se había visto a un hombre joven abandonar a pie los lugares afectados. Algunos rumores hablaban de un espectro. Le llamaron el caminante. Curiosamente, nunca nadie atestiguó ver al caminante acometer contra el bando de los Aliados.


 

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