Allegra Monticelli

Orden de lectura respecto a Baile de máscaras: después del capítulo X, La elección, perteneciente a la primera parte del libro.


¡Es tan sumamente irritante! Tan engreído, tan pedante, tan… tan… ¡tan insufrible! Oooh… ¡cómo lo odio! Ojalá no fuera tan amigo de Edoardo. O de Eliana. Ojalá… ¡ojalá no lo hubiera conocido nunca!

Acababa de cumplir dieciséis años cuando mis padres me permitieron asistir a mi primer baile oficial. Demasiadas tardes hablando con Bianca, y con sus amigas Vincenza y Viviana, de lo maravilloso que sería poder asistir todas a un baile. Vincenza, como Carmina, ya tenía edad e iba a todos los bailes que podía, y Bianca, a pesar de ser un año más pequeña que yo, también había participado en alguno de los bailes que organizaban sus abuelos en el palacio Grimani. Viviana y yo les rogábamos que nos lo explicaran todo: la música, los invitados, los vestidos y, lo más importante, los hombres solteros en busca de esposa.

Pero llegó mi momento y, por fin, pude acompañar a mis padres y a mi hermana a las recepciones de las mejores familias de la ciudad. Estaba preparada para la fascinación que me producirían tales eventos, pero no para el modo en que se ampliaría mi esfera social. No se trataba sólo de los chicos y hombres que se interesaban por mí, que no eran pocos, sino de las muchachas de mi edad que hasta entonces no había tenido oportunidad de conocer. Fue entonces cuando coincidí por primera vez con Eliana, y desde entonces nos convertimos en inseparables. ¡Cuánto me alegré de poder apartarme de la compañía de mis antiguas amigas! No supe, hasta que conocí a Eliana, lo que había llegado a aborrecer lo insulsas que eran las dos hermanas Battista o el egocentrismo de Bianca. Con Eliana lo pasaba verdaderamente bien y, en realidad, mi interés por los chicos pasó a un segundo término.

No es que no me interesaran, ¡al contrario! Me gustaba que me adularan y que me sacaran a bailar, y que estuvieran constantemente pendientes de mí. Esa parte me encantaba. Pero… pero no había ninguno que realmente me gustara. Además… era demasiado joven para pensar en bodas. Hasta que lo conocí a él, por supuesto.

Eliana nos dijo a Mina y a mí que nos presentaría a su hermano, Edoardo, y me confesó que creía que haría buena pareja con mi hermana. ¡Me encantó la idea! Eso nos convertiría en concuñadas, sin contar con lo divertido que sería un noviazgo entre los dos. Edoardo, que era digno hermano de Eliana, no nos decepcionó. Desde el primer momento se prendó de Carmina, ¡cómo no! Ella es tan adorable, y él tan caballeroso… Fue como en los libros, como si Mina fuera Jane y Edoardo, Bingley. ¡Qué pareja más absolutamente maravillosa! ¡Mi querida Mina!

Un día fuimos a la Fenice, no puedo recordar si íbamos a ver una ópera o algún concierto… creo que no presté atención a la actuación en toda la noche… ¡con lo que me gusta a mí la música! Pero mi mente estaba en otro sitio, perdida, descompuesta, completamente atrapada por sus ojos. Y es que Edoardo llegó a la Fenice acompañado de su gran amigo Lorenzo Orsini (¡sí, Orsini!) y nos lo presentó a Carmina y a mí. Era el hombre más atractivo que había visto nunca, con esos ojos de un azul translúcido que parecían traspasarme, con su rostro, su oscuro cabello, su elegancia… Fue encantador, ¡por descontado! Y yo me esforcé por agradarle tanto como pude.

Durante las siguientes semanas, me ponía los mejores vestidos y me esmeraba en el peinado; ensayaba conversaciones delante del espejo, buscaba ser ingeniosa, seductora, usaba todas las frases y todos los trucos que me habían asegurado una corte de admiradores y un buen número de pretendientes. Enzo parecía responder a mis encantos y, si bien era más reservado que otros, lo compensaba con una interesante conversación y con su perfecta educación. Tenía un aire misterioso, un poco de persona torturada (aunque no se me ocurría que pudiera tener ningún motivo para ello) y una profundidad que no tenían los demás. Por otro lado, no podía ser de mejor familia, ni heredero de mayor fortuna. Y era irresistiblemente atractivo. ¿Necesitaba algo más para encapricharme de él?

Pero había malinterpretado completamente su comportamiento. Yo no era nada para él, y lo descubrí del modo más humillante posible. Le dije que me besara. ¿Por qué fui tan temeraria? Supongo que porque estaba tan segura de mis sentimientos que quería compartirlos con él. Quería que él me quisiera y que me dedicara todas las atenciones que le dedicaba Edoardo a Carmina. Quería saber lo que era amar y ser correspondida, y no me importó que pudiera pensar que mi comportamiento era inadecuado, porque me había convencido de que él caería rendido a mis pies. ¡Qué ilusa!

Jamás he pasado tanta vergüenza como cuando él me rechazó. Durante días no quise salir de casa, segura como estaba de que se habría encargado de difundir mi descaro y mi falta de moralidad. Fui incapaz de contarles lo ocurrido a Mina o a Eliana, pero supongo que imaginaron algo. Cuando se dieron cuenta de mi azoramiento, no insistieron en el tema. No obstante, las dos me aseguraron que no corría ningún rumor sobre mí, y eso me tranquilizó. Algún día tenía que regresar a la vida social, y acabé por convencerme de que no valía la pena desperdiciar más tiempo en llantos y lamentaciones.

Sabía que el encuentro con Enzo era inevitable, y decidí no dejarme amedrentar por él. Dicen que la mejor defensa es un buen ataque… así que me apliqué bien. Todo el esfuerzo que había invertido en parecerle ingeniosa, decidí usarlo en su contra. Tal vez, el sarcasmo hubiera sido algo pasajero, una necesidad de desquitarme por el desprecio que me había hecho. Tal vez, si él hubiera aguantado mis insultos sin rechistar, como hizo al principio, o si se hubiera disculpado a la primera oportunidad, me hubiera cansado y hubiera terminado por ignorarlo. Pero tras la sorpresa inicial, Enzo decidió devolverme el golpe, así que empezamos una lucha interminable y sin sentido por los agravios sufridos.

Pensé que acabaría por olvidarme del daño que me había causado. Que encontraría a alguien mejor que él, más guapo, más interesante, de mejor familia. Alguien como Stefano Loredan, por ejemplo, que fuera capaz de ver mis virtudes y quererme por ellas. Pero este alguien no ha aparecido y, sin embargo, Enzo sigue aquí, dispuesto a arruinarme la vida. Y él se esfuerza tanto en conseguirlo, y yo lo odio tanto por ello…

Odio que critique mi forma de ser, o mis palabras, o que cuestione mi relación con los hombres que se interesan por mí… ¡como si tuviera algún derecho! Odio cuando baila con otras mujeres, o cuando habla con ellas, porque no soportaría que fuera feliz con ellas cuando yo aún no he encontrado a alguien que merezca mi aprecio. Odio pensar que se casará con una Michelina o una Vincenza cualquieras, cuando tuvo la oportunidad de estar conmigo y la rechazó… Odio cuando es uno más del grupo, cuando actúa con los demás con total normalidad, pero a mí me trata con desprecio. Y también odio cuando no está presente, porque no puedo soportar la idea de que esté disfrutando de otra compañía que no sea la nuestra. Pero, sobre todo, odio que permanezca en mi vida, que no pueda desprenderme de él, que no se ausente, que no desaparezca, que no pueda, simplemente,  relegarlo al olvido.


 

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