Lorenzo Orsini

Orden de lectura respecto a Baile de máscaras: después del capítulo XXXII, O Fortuna, perteneciente a la segunda parte del libro.


Es descarada, egoísta, pagada de sí misma y sumamente malcriada. Maldigo el día en que nos conocimos, maldigo su manera de ser, maldigo su rostro perfecto y maldigo cien veces el día en que me enamoré de ella.

Crecí rodeado de lujos, con todo lo que quería al alcance de mi mano. Pronto comprendí que mi infancia era un atisbo de la vida que me esperaba. Una vida sin ninguna complicación, sin ningún reto, sin ningún interés. Que me repugnaba. Quería hacer algo útil, dar sentido a mi existencia más allá del hedonismo.

Para mí, el duque Alessandro Pesaro era una fuente de inspiración. Fue por él que decidí ponerme al servicio de la República. Probablemente, dada la privilegiada posición social de mi familia, lo más natural hubiera sido que me dedicara a la carrera política. Pero no me interesaba, quería una ocupación más activa, y por eso decidí convertirme en un oscuro. Para ello no era suficiente con ser un Orsini, ni mucho menos. Hice una entrevista, me advirtieron de lo que supondría mi entrenamiento, me intentaron disuadir. Pero insistí, y a partir de ese momento mi vida dejó de ser cómoda y amena. O, más concretamente, mi segunda vida dejó de ser cómoda y amena. Empecé los estudios de protocolo, de leyes, de geografía e historia, de filosofía, de magia, de lenguas, de política… a la vez que mi entrenamiento físico. Sólo unos pocos logran ser un agente de la República, y yo iba a ser uno de ellos.

Por supuesto, todo esto afectó mi vida social. Sólo confié mi propósito a Edoardo, aunque todavía hoy no sabe exactamente cuál es mi rol como agente. Sabe que trabajo para la consejería de interior y sabe que es confidencial, así que no hace preguntas. Pero me protege siempre que puede. Si está en su mano, cubre mis ausencias y excusa las posibles incoherencias. Y me apoya y comprende sin necesidad de explicaciones. En cierto modo, Edoardo se convirtió en mi contacto con el mundo real. También su hermana, he de reconocerlo. No era más que una niña cuando la conocí, pero ahora Eliana es una mujer crítica e inteligente, con la que he pasado más de una tarde discutiendo a Kant o a Robespierre. Es mi amiga tanto como lo es su hermano, y a veces pienso que las cosas hubieran sido más fáciles si me hubiera enamorado de ella en lugar de prenderme de Allegra.

Edoardo quedó embelesado por Carmina desde el primer día en que la conoció. No puedo decir que no lo entienda: es altruista, comprensiva, respetuosa, sosegada, ecuánime, tolerante y, sobre todo, es una buena persona. Le gusta escuchar a los demás y siempre tiene una palabra amable para todos. Se preocupa y hace lo que puede para ayudar. Tiene un carácter dulce y parece que nada la altere; diríase que nunca tiene un mal día. Y aunque sea un poco introvertida, no tiene reparos en abrirse a los desconocidos, a los que, de seguro, considera posibles amigos.

No sabía todo esto cuando la conocí, una velada en la Fenice, ahora hace cerca de cinco años. Pero, tal vez predispuesto por el entusiasmo de Edoardo, vislumbré algo de su pureza de carácter. También me presentaron a Allegra y, al no ser víctima de la misma dolencia que Edoardo, constaté que su belleza superaba la de su hermana. Además, era más extrovertida, más graciosa y más confiada. También era más coqueta y encandiladora, y creo que fue por esta impostura, esta puesta en escena con el objetivo de seducir, que la desprecié un poco. Toda la sinceridad que destilaba la sencillez de Carmina contrastaba con la falsedad de su hermana. Con el tiempo pude confirmar esta primera impresión: Allegra era como una encantadora de serpientes que gustaba de ver como los jóvenes a su alrededor caían rendidos a sus pies. No lo hacía con mala intención, sino como un simple gesto para alimentar su ego. Pero esto no la hace menos culpable.

Estoy bastante seguro de que, en nuestros primeros encuentros, Allegra se esforzó por provocar en mí este efecto devastador que producía en la mayoría de los hombres. Incluso es posible que yo mismo la alentara, sin ser del todo consciente, al intentar agradarla, tanto a ella como a su hermana, en beneficio de Edoardo.

Una noche, tras una cena en el palazzo Contarini del Bovolo, Edoardo y Carmina bajaban por las escaleras de caracol y Allegra y yo les seguíamos desde unos peldaños más arriba. No recuerdo sobre qué hablábamos, o sobre qué parloteaba ella, pues la mayoría de nuestras conversaciones tenían más de monólogo que de diálogo. Sí recuerdo que se paró en un rellano y estiró la mano hacia mí, para detenerme.

―¿No es una magnífica noche? ―creo que dijo, con una sonrisa―. La hora de los enamorados.

La miré, algo desconcertado. En ese momento creía que se refería a su hermana y a mi amigo, pero había algo en su actitud que escapaba a mi comprensión.

―Oh, Lorenzo… ―presumida, me dedicó una caída de ojos y entendí, demasiado tarde, qué estaba ocurriendo―. Podéis besarme, no me ofenderé.

Abrí y cerré la boca sin saber qué decir. Ella lo interpretó como un gesto de timidez y se acercó más a mí. Cuando sus dedos, temblorosos, tocaron mi mejilla, le agarré la muñeca en un acto reflejo y la aparté de mi rostro.

―Esto ha sido un malentendido, ―dije, atropelladamente―. No tengo ningún interés en besaros. Si me disculpáis…

Me fui. No recuerdo si seguí bajando o si, por el contrario, regresé hacia arriba para evitar verla más.

Desde esa noche, Allegra me odia con todo su corazón.

Cuando la relación entre Carmina y Edoardo se afianzó, cuando se hizo evidente que iban a prometerse y a casarse, Allegra y yo nos hicimos a la idea de que no íbamos a librarnos el uno de la otra. No obstante, en lugar de intentar limar nuestras diferencias, nos las arreglamos para sabotear cualquier intento de reconciliación.

No fue esta mi intención inicial. En nuestro siguiente encuentro, tras el malentendido en el palazzo Contarini, me propuse comportarme como si nada hubiera ocurrido. Fui un cobarde, aunque en ese momento no me di cuenta de ello. Ahora pienso que hubiera tenido que escribirle una carta, disculparme por haberle dejado entender algo que no era, reparar su amor propio y adjudicarme la culpa de lo sucedido. Pero mi orgullo me cegó y, más por falta de entendimiento que por desconsideración, fui incapaz de actuar en pro del buen ánimo y la concordia.

Allegra llegó cargada de desprecio y mordacidad. Como siempre, fue encantadora con Edoardo, Eliana y Carmina. Pero, cada vez que coincidían nuestras miradas, sus ojos parecían de hielo y, si se refería a mí, su lengua destilaba veneno. Al principio eran sólo algunos comentarios que intenté capear lo más dignamente posible, pero con el paso de los días se hizo evidente que Allegra no tenía ninguna intención de perdonarme la afrenta de la que me consideraba responsable. Al final, me cansé de aguantar sus impertinencias con estoicismo y pasé al contraataque. Desde entonces, mi relación con Allegra se define por el ingenio de los insultos y la crudeza del sarcasmo.

El problema fue que Allegra empezó a actuar con naturalidad. Edoardo y Carmina se prometieron, Eliana era su amiga y yo su enemigo. Cuando nos reuníamos los cinco, no había pretendientes en las inmediaciones y Allegra se dejó llevar por su manera de ser, directa y tajante. Sin artificios ni modales forzados, resultó ser divertida, más lista de lo que había supuesto de entrada, y de marcados principios. Nunca dejó de parecerme guapa. Y, con el tiempo, maduró. Y yo me enamoré de ella.

A pesar de ello, nuestra relación no ha cambiado. A ella le molesta cualquier cosa que diga o haga. Se enfada porque no me implico en política porque, por supuesto, no sabe que soy un oscuro, no sabe que trabajo para Dante Pesaro con los Protectores y que no puedo implicarme. Se enfada cuando le corrijo su falta de modales, cuando critica a Andrea Montarano o elogia a Stefano Loredan, sin motivos, porque, por supuesto, no sabe que lo hago porque me identifico con uno o porque siento envidia del otro. Se enfada cuando me ve hablar con jóvenes en cenas o bailes, porque no soporta la idea de que corteje a chicas tras mi comportamiento con ella, porque, por supuesto, no sabe que me limito a ser cortés y a evitar malentendidos, porque no hay espacio en mi vida para una prometida, porque tengo otras preocupaciones y porque, por supuesto, es a ella a quien amo.


 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s