Cuando mis padres cambiaron el mundo

Me acuerdo de cuando mi padre hacía de tiburón en la playa y, si nos acercábamos a él, nos hundía en el agua. Me acuerdo de cuando mi madre me leía La historia interminable en voz alta, tumbadas las dos en su cama.

Antes de que tuviéramos móvil, y en mi caso no fue hasta los veinticinco años, mis amigos llamaban al teléfono fijo de casa. Muchas veces respondía mi padre y, cuando le preguntaban “¿está Greta?”, él solía responder que sí y permanecía a la espera, en silencio. Mis amigos tenían que insistir: “¿y puede ponerse?”, y entonces él les decía “no lo sé, tendría que preguntárselo”. Tal vez al final, al tercer o cuarto intento, conseguían que mi padre se levantara y me avisara de la llamada.

Mi madre trabajaba de profesora, y sospecho que sus alumnos la adoraban. Regresaba a casa con historias de muchos de ellos, de sus familias o de sus amigos. Le explicaban lo mal que lo estaban pasando o las series de dibujos que veían por la tele, y ella les escuchaba sin juzgarles, les hacía caso, les aconsejaba. También me escucha a mí, por supuesto. Normalmente, hasta que el auricular del teléfono le da tanto calor en la oreja que ya no puede aguantar más y se despide de mí.

En cultura y conocimientos, nadie gana a mi padre. Lo recuerdo coger una de esas ediciones bilingües de los clásicos de la colección Bernat Metge, en la que se podía contrastar el original griego con la traducción catalana. Señalaba una palabra en griego, la leía sin problemas y la identificaba en su versión en catalán. Que yo sepa, nunca estudió griego. Pero también sabe de ciencias, y de historia, y de política y actualidad, y, probablemente, de cualquier otro tema.

Mi madre, en cambio, destaca por su creatividad. Improvisa cada vez que elabora una receta nueva y consigue unos platos maravillosos. Se arregla los zapatos y prendas de vestir, corta y cose y crea de nuevo. Cuando no sabes cómo arreglar algo, a ella se le ocurre una idea y soluciona el problema. Pero también crea historias, más o menos reales, que añaden color a la monotonía del día a día.

Es inútil decir cuánto los quiero, porque todos los hijos aman a sus padres, pero se me llenan los ojos de lágrimas sólo de pensarlo. Y es que, ¿quién puede decir que tiene unos padres como los míos? Mis dos hermanos, y nadie más en el mundo.

Es obvio que los tengo idealizados, soy consciente de ello, y parte de la culpa la tiene su pasado pintoresco. Porque se fueron a Suecia en una furgoneta que tenía goteras y, cuando se hartaron del frío, la cambiaron por dos billetes de autobús para Barcelona. Porque corrieron frente a los grises. Porque se encontraron a los Rolling Stones en un bareto de Barcelona. Porque tenían un cuarto oscuro donde revelaban sus propias fotos. Porque me llevaron a la India cuando tenía cinco o seis años. Porque mi padre y unos amigos subieron a un escenario en las Jornadas Libertarias Internacionales y estuvieron tocando de forma improvisada. Porque mi madre escribió un diario de mis primeros meses de vida.

Todas las historias, las fotos, los recuerdos, los amigos… poco a poco han ido alimentando mi imaginario de quiénes fueron mis padres antes de mí. Son unos padres para estar orgullosos, ni que sea por las historias que puedes contar a tus amigos. Sus progenitores son más sosos, menos interesantes, más convencionales… No hay duda de que las experiencias de mis padres son muchas y variadas, y van dejando huella para la posteridad, aunque sólo sea por lo que contaré yo un día a mis hijos, si llego a tener.

Claro que las anécdotas no son representativas de una vida. Claro que este imaginario se olvida de los días aburridos, los días de peleas y discusiones, los días de frustraciones, de desconsuelos, de finales tristes. Tal vez, cuando cuente mi historia a mis hijos, la encontrarán menos anodina de lo que realmente es. Les podré decir que viví en Italia, que fui arqueóloga, que ayudaba a unos amigos en los rodajes de sus películas, que publiqué algunos cuentos, que me hice una foto con un actor de Hollywood, que pasaba días enteros jugando a rol, que una vez fui trending topic en Facebook por colgar un cartel para encontrar a un desconocido. Pero la verdad es que, desde mi presente, mi vida no parece ni la mitad de emocionante que la de mis padres.

No se trata sólo de lo que vivieron, de hechos puntuales, sino de lo que hicieron con su realidad. De cómo tomaron conciencia. De cómo se enfrentaron a los valores establecidos, a la ley, a la tradición. Y de cómo crearon un lugar mejor. De cómo cambiaron el mundo.

Me siento una impostora, porque sé que mis padres cambiaron su modo de pensar empezando de cero, mientras que a mí me lo han dado todo hecho. No he tenido que refutar una educación católica, porque no estoy ni bautizada. No he tenido que cuestionarme si ciertos partidos son corruptos, porque desde buen principio sabía que eran los herederos del franquismo. Mis pensamientos, mis creencias, mi modo de ver la vida. No son míos, son heredados de los de mis padres. Y me llena de felicidad tener unos padres tan magníficos como los míos, a los que no he tenido que llevar la contraria más que para poder decidir a qué hora acostarme. Pero también me obliga a cuestionarme mi identidad. ¿Quién sería yo si no fuera por ellos? ¿Habría sido capaz de llegar al mismo lugar? ¿de desarrollar pensamiento crítico? ¿de ser capaz de discernir lo que ellos supieron discernir en un mundo en crisis? No lo sé. Nunca lo sabré. No puedo ser sin ser su hija, así que viviré con la duda, y con el eterno agradecimiento por haberlo sido.

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