AION, S.A.

Me ahogo. Abro los ojos y sólo veo agua y oscuridad. No sé ni dónde estoy ni cómo he ido a parar aquí y, sinceramente, tampoco me importa. Sin pretenderlo, sin ser consciente de lo que hago, boqueo en busca de aire. Sólo consigo tragar más agua. El agua me rodea, me cubre por completo, se adueña de mis pulmones. Sé que, si no hago nada, pronto moriré.

Y entonces recuerdo: estoy en un simulador. Nada de esto es real. Sólo me ahogaré si mi mente lo cree así. Por supuesto, resulta difícil no creer en el agua que me envuelve, que me aplasta los pulmones, que me ahoga. Es difícil despertar del sueño cuando lo único en lo que puedo pensar es en que necesito algo de aire.

Pero tengo que salir de aquí. Tengo que regresar a la realidad, encontrar a Agni y detener a Leslie Darton.


Todo empezó el día después de las vacaciones de invierno. Agni se empeña en decir que nos conocimos antes, el día del solsticio, pero sé con seguridad que se equivoca. Lo sé porque había empezado a leer un libro durante las fiestas y estaba deseando que llegara la hora del almuerzo para retomar la lectura. No obstante, al recibir su mail, tuve que desistir de mi ansiado propósito.

Sí, se podría decir que todo empezó con el correo de Agni que, por aquel entonces, no era para mí más que un completo desconocido.

O tal vez no. Tal vez todo empezó con la entrevista de trabajo. Con ese hombre con marcado acento sureño que me miraba desde detrás de unas gafas enormes y había olvidado lo que significaba sonreír.


―¿Señorita Espeso? Vega Espeso, ¿verdad? Adelante, adelante, por favor. Tome asiento.

»He visto en su currículum que se ha graduado en… Historia y Sociología, y que es doctora en… déjeme ver… Ah, eso es: “Cálculo de predicciones de conductas sociales en base a factores ambientales”. Muy interesante. Su tesis se adecúa a nuestras necesidades a la perfección.

»No, no, lo entiendo, parece extraño, ¿verdad? Pero en realidad no lo es tanto, no crea. En AION apostamos por la innovación, como es obvio. Podría decirse que el impacto de nuestras patentes en el mercado es considerablemente elevado, si me permite la falta de modestia. Ha oído hablar de nosotros, no necesitamos presentación. En todos los hogares está presente la firma AION. Artefactos e Inventos Originales y Novedosos. Somos calidad y progreso, y creamos tendencia.

»Como le digo, no pretendo alardear. Estoy seguro de que ya sabe de qué le hablo. Si le cuento todo esto es para hacerle comprender el porqué de su presencia hoy aquí.

»No creerá que una compañía de renombre como AION envía sus productos al mercado sin estudiar previamente sus posibles efectos, ¿verdad? No, por supuesto que no, ni siquiera contemplamos algo así. Tenemos especialistas, todos los especialistas que se requieren para garantizar una buena praxis en el uso y distribución de nuestras patentes. Se sorprendería si le dijera la cantidad de patentes que han sido rechazadas por dichos especialistas o, permítame la apreciación, por las conclusiones extraídas por ellos.

»Sí, exacto, lo ha entendido perfectamente. Esa será su función en nuestra empresa, si es que está interesada. El análisis de causas y factores y sus posibles consecuencias. Trabajará con algoritmos, aplicará alteraciones en las constantes, observará los resultados. No voy a aburrirla con detalles que ni yo mismo conozco, todo esto se lo explicarán en su departamento. Es decir, si acepta nuestra oferta, por supuesto.

»¿Sí? Le han informado de las condiciones laborales, ¿verdad? ¿Horario, sueldo, días de vacaciones, ventajas…? Perfecto, sí, eso es. ¿Tiene alguna duda sobre la cláusula de confidencialidad? Correcto, únicamente con los miembros de su departamento. Sí, eso es, muy bien. Sólo nos queda el último trámite, pues. Debería tener… sí, aquí está el contrato. Léaselo, por favor, y consúlteme todo lo que quiera. Cuando termine, usted misma, ya puede firmarlo.


Empecé a trabajar en AION en otoño. Durante todos mis años de estudio, durante todo el sufrimiento que representó mi doctorado, jamás imaginé que terminaría trabajando para una empresa de artefactos e inventos, tal y como predica el obsoleto nombre tras su acrónimo. Pero ahí estaba y, en cierto modo, me gustaba.

No tuve problemas en integrarme entre los miembros de mi nuevo equipo, el departamento de análisis de causas. Me aceptaron sin titubear y me hicieron sentir como en casa desde el primer momento. También me enseñaron en qué consistía el trabajo que se esperaba de nosotros. Se trataba de mezclar variables de índoles diversas y predecir las posibles reacciones sociales, principalmente a partir de sucesos reales pasados y con la ayuda de la estadística. El objeto de estudio, como me había avanzado el responsable de recursos humanos, eran las patentes que AION quería lanzar al mercado.

A veces los planteamientos eran obvios. ¿Qué ocurriría si se produjera un terremoto en una zona urbanizada preparada con estabilizadores físicos? ¿Y si hubiera un tiroteo en una escuela equipada con barreras de aire interpersonales? Pero normalmente siempre teníamos que ir un poco más allá. Porque, ¿cómo reaccionaría la gente atrapada entre los estabilizadores, como si estuvieran encerrados en jaulas, a la espera de que finalizaran los temblores? Y aunque las barreras de aire protegieran a los alumnos de una amenaza, ¿qué supondrían para las relaciones sociales entre los niños que las llevaran activadas y que, por lo tanto, quedaran aislados de todo contacto físico?

Lo llamamos especulación histórica. Tiene algo de ciencia-ficción, como si estuviéramos guionizando episodios de esa serie que siempre hace hincapié en las cuestiones morales derivadas de los avances tecnológicos. Con la diferencia, claro está, de que los inventos de AION son reales. Y pasan por un veto. Nuestro departamento pone en juego cientos de variables para cada patente y, al finalizar, elabora los informes que recomiendan la mercantilización del producto o la cancelación del proyecto. La decisión final no es nuestra, por supuesto, siempre hay un directivo que pone un sello de validación a los informes. Pero, por norma general, la opinión del departamento de análisis de causas tiene bastante peso.


Tras las vacaciones de invierno, regresé a AION con pocas ganas de trabajar y, para ser sincera, de sociabilizar. Me pasé la mañana consultando la hora cada cinco minutos, con la esperanza de que llegara la hora de la comida para poder refugiarme en las páginas de Las puertas de Anubis.

Y entonces, cuando ya estaba a punto de irme a almorzar, recibí su mail. Enviado por Agni Kumar, del departamento de recuperación de patentes, con su dirección de correo corporativo. Y con una sola línea de texto: “Nos vemos en el bar”. ¿Qué significaba ese mail, tan escueto, sin asunto siquiera…? ¿Quién era Kumar y por qué quería verme en el bar? ¿Sería alguno de los directivos? ¿Y por qué no me citaba por la tarde en su despacho, en lugar de en la cafetería a la hora de comer?

Sin embargo, mi contrariedad no superó mi sentido del deber. O, quizá, fue mi curiosidad la que me empujó a bajar al comedor de la compañía, a preguntar por Agni Kumar a uno de los camareros y a acercarme a su mesa. Ocupaba una mesa para cuatro él solo. Además de la bandeja con la comida, a la que prestaba un moderado interés, había colocado un portátil al que había conectado los cascos que llevaba puestos y al que observaba detenidamente. Vestía informal, más que la mayoría de trabajadores de la empresa, rondaba los treinta y, como su nombre anticipaba, parecía de origen indio.

No levantó la cabeza del ordenador cuando me paré frente a él, ni siquiera cuando lo llamé por el nombre, probablemente porque no me oyó. Dejé mi bandeja encima de la mesa y me acerqué por su costado para golpearle suavemente en el hombro. Se giró sobresaltado y, en cuanto me vio, se apartó los auriculares de las orejas.

―¿Sí?

―Eres Agni Kumar, ¿verdad? ―asintió―. Soy Vega, del departamento de análisis de causas. ¿Querías verme?

Parpadeó un par de veces, miró la pantalla de su ordenador y volvió a mirarme a mí.

―No.

―¿Perdón?

―No te conozco.

―No, pero me has mandado un mail.

―No.

―Sí.

Se encogió de hombros.

―Habrá sido un error ―concluyó―. Pero puedes sentarte si quieres. ―Me tendió la mano derecha para que se la estrechara, y así lo hice―. Hola Vega, soy Agni, encantado de conocerte.


A veces no sabes cómo ocurren exactamente las cosas, simplemente suceden, y tienes que aceptarlas sin más. Así fue como Agni y yo nos conocimos, a causa de un error, el primer día de trabajo tras las vacaciones de invierno. No, no fue antes de las fiestas, Agni, insisto. Y, poco después de nuestro primer encuentro, empezamos a salir.

La política de la empresa era bastante estricta en este aspecto: nada de relaciones de cariz sentimental entre empleados de la compañía. Suponía que se trataba de un tema de confidencialidad, relacionado con aquella cláusula adjunta al contrato que había firmado al principio de todo. Así que, a pesar de saber que podía estar metiéndome en problemas, aplaqué mi conciencia convenciéndome de que, si no hablábamos de trabajo, todo iría bien. Nunca le conté nada de nuestros análisis, y nada sabía del cometido del departamento de Agni. Fue un acuerdo tácito que respetamos sin dudarlo. Lo respetamos… hasta que dejamos de hacerlo.

Fue un sábado de finales de verano. Agni se había instalado en mi piso para pasar el fin de semana y, mientras yo dormitaba en el sofá tras la comida, él trasteaba con el ordenador. Quiso imprimir algo, fue a buscarlo y se encontró uno de mis últimos informes del departamento. Supongo que lo había imprimido por duplicado sin darme cuenta, y que había recogido y entregado a mi superior sólo una de las dos copias.

―¿Qué haces? ―le pregunté, al despertar de mi siesta. Me levanté del sofá y me acerqué a él, a la vez que me desperezaba. Estaba sentado y tenía el informe frente a él, sobre la mesa del comedor. Yo aún no sabía de qué se trataba, así que no había reproche en mi tono, sólo curiosidad.

Agni levantó la mirada de los papeles y la fijó en mí.

―Leo un informe tuyo. Sobre el TRX0259 ―dijo, sin ningún asomo de culpabilidad.

―Se supone que no deberías leerlo ―fruncí el ceño. He de reconocer que no es que sea muy estricta con el tema de la confidencialidad. A veces le he hablado de algún producto aprobado a mi madre, por ejemplo, pero es que mi madre no es una espía industrial. Agni, en cambio, sabía perfectamente lo que estaba haciendo, y que no debería hacerlo. Además, la tranquilidad con la que me respondió me pareció ligeramente ofensiva.

―Tienes razón ―asintió con la cabeza, sin dejar de mirarme―. Pero intuyo que podríamos tener otro problema más grave.

Suspiré. Era sábado, quería descansar y pasar un fin de semana de relax con mi novio. No quería hablar de trabajo, no quería pelearme con Agni y tenía muy claro que no quería problemas graves. Me senté en una silla frente a él, apoyé un codo en la mesa y la barbilla en la mano.

―Cuéntame, anda.

―¿Sabes a qué se dedica mi departamento?

Me encogí de hombros. Agni trabajaba en el departamento de recuperación de patentes, nombre que, al menos a mí, me parecía suficientemente explicativo.

―¿A recuperar patentes de inventos que en su día fueron rechazados, o que no tuvieron éxito, para darles una segunda oportunidad?

―No ―negó con la cabeza―. Gestionamos todas las patentes que AION convierte luego en productos. Ninguno de estos inventos había sido ideado antes de que nosotros traigamos los diseños y la empresa los patente como propios.

―Entonces… ―dudé― ¿encontráis a los inventores o quién sea que cree los diseños?

―No ―volvió a negar―. Los diseños ya existen. Simplemente nos los ceden.

―Acabas de decir que los diseños no existían hasta que los traéis a AION. Aclárate, por favor.

―No existen todavía. Pero existirán en el futuro. Precisamente porque nosotros los patentamos en el presente.

―Esto no tiene ningún sentido ―dije yo entonces―. De algún lugar tendréis que sacar vosotros los inventos, ¿no?

Agni sonrió y asintió, satisfecho.

―Claro. Del futuro.

No negaré que me costó un poco aceptar sus palabras. No sólo por lo surrealista que me parecía lo de viajar en el tiempo, que también, sino por la paradoja que su explicación ponía en evidencia: AION era la compañía más importante en innovación tecnológica, la que lideraba la vanguardia del progreso. Sin embargo, si Agni me estaba contando la verdad, AION no había inventado nada, sino que se había limitado a robar sus inventos del futuro. Y en el futuro gozaban de dichos inventos porque AION los había creado en nuestro presente, pero en su pasado. Así que nadie había inventado nada, pero aún así los inventos existían. Esto era imposible, por supuesto, pero por muy imposible que fuera, parecía ser que era real.

―No insistas ―me pidió Agni tras un buen rato de aguantar mis dudas y preguntas―, no soy físico, no tengo ni idea de paradojas ni nada de esto. Yo sólo soy el chico de los recados. Voy, me dan los diseños, regreso.

―¿Dónde?

―Cuando. Viajo en el tiempo y voy al futuro.

―Y… ¿cómo es? No pensarás quedarte ahí sentado tan tranquilo cuando me acabas de decir que has viajado en el tiempo, Agni. Además… ¿por qué me cuentas algo así? No me extraña que sea confidencial…

―Bueno… no me dejan salir de la misma sala a la que llego cada vez que voy. No hay ventanas, ni oberturas al exterior, no es más que un despacho con una persona que se encarga de facilitarme, digitalmente, los diseños de los distintos proyectos. Probablemente el formato en sí sea obsoleto para ellos, pero tienen que adaptarse a nuestros medios y…

―Me parece increíble que me digas que vas al futuro y que lo que más te preocupe sea el formato de los archivos que te entregan.

Levantó las cejas.

―Todo esto va de confidencialidad y discreción, por si no te habías enterado.

―Dos requerimientos que acabas de saltarte.

―Bueno, sí, pero si no te contaba a qué me dedico, no entenderías por qué tenemos un problema.

Un problema grave, según me había dicho al empezar nuestra conversación. Cierto. Resultaba difícil concentrarse en problemas cuando acababa de explicarme que viajaba en el tiempo.

―Vale. Vale. Un problema ―resoplé―. Adelante, tú dirás.

Cogió los papeles que había esparcido por encima de la mesa y volvió a apilarlos juntos y en orden. En el primero se podía leer perfectamente el título: “Informe de evaluación sobre la aplicación del producto TRX0259. Sugerencia de impugnación”.

―El TRX0259. Lo rechazaste.

―Y sin ningún atisbo de duda. Has leído el informe, ¿no?

Él asintió. El TRX0259 era una especie de chip que se implantaba en la médula espinal de un individuo y que permitía que, en circunstancias de peligro extremo, se activara una especie de control remoto del cuerpo de dicho individuo. Esto posibilitaría que, en situaciones límite, la persona no entrara en pánico ni se paralizara, sino que fuera capaz de actuar con coherencia. Los ejemplos de utilidad del TRX0259 eran múltiples: podía activarse para asegurar una evacuación tranquila y ordenada en una urgencia; para permitir la defensa frente al ataque de un agresor; o simplemente para conseguir caer del modo menos dañino al tropezar en la calle. Cuando la información de peligro que poseía la mente llegaba al chip, éste se activaba y alguien (o algo) tomaba el control remoto del cuerpo del sujeto y se ocupaba de optimizar sus posibilidades físicas a partir del dominio de la espina medular.

No obstante, era fácil encontrar otras aplicaciones menos positivas al chip en cuestión. Por ejemplo, el control del absentismo laboral. Por ejemplo, la restricción de los lugares a los que ir. Por ejemplo, la supresión de cualquier tipo de alzamiento por parte de la población civil. Porque el chip les impediría físicamente hacer huelga, manifestarse, o revolucionarse. Por ejemplo, la creación de un ejército en el que todos los soldados tuvieran un chip implantado. De este modo, su capacidad de decisión sobre cómo actuar no dependería de ellos, sino de las máquinas que controlaran sus chips. Por ejemplo…

La lista era infinita. El TRX0259 era una herramienta de control social perfecta, y sus implicaciones, si se comercializaba, serían nefastas para la libertad individual. Así que, tras hacer cientos de simulaciones y comprobar miles de variables, escribí un informe negativo, en el que recomendé que no se llevara a la práctica tal invento. El informe llegó a la cúpula directiva y a los asesores gubernamentales de la misma y, tal como esperábamos, se rechazó su aplicación práctica y el producto se desestimó. Fin de la historia.

―Pues alguien dio su aprobación para recuperar los diseños del TRX0259.

―Imposible ―negué―. El comité directivo aceptó la conclusión de nuestro equipo.

―Y a pesar de eso, recibí la orden de ir al futuro a buscar sus diseños. ―Me miró con cara de circunstancias―. Como te he dicho, tenemos un problema grave.


He probado los simuladores en su uso recreativo, por supuesto. He sido la protagonista de una aventura espacial, de una comedia romántica, de un thriller psicológico. También he probado alguno de los juegos para simulador que, dado lo inmersivo de la experiencia, han dejado de llamarse videojuegos. Pero tanto las historias lineales como las interactivas tienen algo en común: contadores temporales. Puedes programar un tiempo determinado de duración o, si lo prefieres, solicitar un reloj de pulsera dentro del simulador, que funciona como cronómetro y como botón de escape siempre que quieras.

Debajo del agua, a oscuras, sin aire en los pulmones, soy incapaz de localizar ningún contador temporal. Lo más probable es que, si Darton quiere matarnos, la simulación no termine hasta que no haya transcurrido el tiempo suficiente como para hacer creer a mi mente que he muerto. Y muera, también, en la realidad.

Sin embargo, los contadores no son el único modo de salir de una simulación. Si soy capaz de abstraerme, de dejar de creer lo que perciben mis sentidos, tal vez pueda hacer entender a mi cuerpo físico, a mis manos, que tienen que desconectarme del maldito simulador. Quitarme el casco, arrancar los cables, lo que sea.

No sé si seré capaz. Requiere demasiado esfuerzo. ¿Concentrarme? Lo único en lo que puedo pensar es en que necesito aire, necesito aire, necesito aire. ¿Cómo voy a abstraerme de algo así? Muevo los brazos en busca de un asidero, una mano amiga, una salvación. Pero sólo consigo agitar el agua a mi alrededor, dentro de la simulación. Es inconsciente, pero no puedo evitarlo. Me duele todo. Necesito aire…

Me obligo a cerrar los ojos y a dejar la mente en blanco. Intento concentrarme en algo, en cualquier detalle del mundo exterior que pueda ayudarme a salir de debajo del agua. Una picada de mosquito que tengo en el tobillo y que soy incapaz de dejar de rascarme. El frío del aire acondicionado de la sala en la que estoy. Los latidos de mi corazón. El ligero ruido que hago al respirar a través del inhalador de la máquina. No importa si todos estos detalles son reales o forman parte de una invención de mi mente; lo fundamental es evadirse de la realidad del simulador.

Poco a poco, me alejo del agua que me inunda. Anulo las falsas percepciones de mis sentidos. Me concentro en un estado prácticamente meditativo, que me permite dejar atrás el fondo marino. Y en cuanto empiezo a creer que puedo respirar de nuevo, respiro. Y el agua que me ahogaba queda lejos, en un pasado remoto, inexistente. Y puedo quitarme el casco del simulador, y quedar libre.


Empezamos a investigar. Al principio me costó creer que las conclusiones que había sacado Agni pudieran ser ciertas. Era reticente a la idea de que alguien de dentro de AION estuviera vendiendo las patentes rechazadas al mejor postor. No porque confiara ciegamente en la integridad de sus empleados, sino porque todos los procesos estaban supervisados por unos observadores externos, principalmente gubernamentales. Las sospechas de Agni me parecían dignas de una teoría conspiranoica y alarmista. Pero el tiempo acabó por darle la razón. Nos planteamos una serie de preguntas: ¿Quién daba las órdenes de recuperar las patentes al departamento de Agni? ¿Cuántos proyectos denegados habían sido extraídos del futuro a pesar de todo? ¿Quién gestionaba estas patentes? Sabiendo lo que estábamos buscando, fuimos capaces de encontrar los indicios que necesitábamos. Fuera quien fuera el responsable, apenas se había molestado en borrar las pistas.

Agni consiguió una lista de todas las patentes recuperadas por su equipo. Yo me hice con los archivos de proyectos desestimados y, al verificar los datos, pudimos constatar que todos y cada uno de ellos había sido traído al presente por el departamento de recuperación de patentes. Entonces empezamos con la parte más complicada, tal vez: una minuciosa observación del mundo a través de los medios de comunicación a nuestro alcance. Poco a poco, fuimos descubriendo señales de las patentes rechazadas diseminadas por todo el globo. Bastaba con prestar algo de atención para percatarse de que decenas de proyectos extraídos del futuro habían sido vendidos, ilegalmente, a gobiernos o empresas de otros países… que los estaban usando. Y, aunque fuera más difícil de demostrar, probablemente también se habían ofrecido algunas patentes a compradores privados más cercanos, dispuestos a pagar auténticas fortunas para disfrutar de modo exclusivo de los productos derivados.

Teníamos, pues, la certeza de que alguien sustraía proyectos prohibidos del futuro para distribuirlos en nuestro presente. Pero antes de denunciar lo que estaba ocurriendo, necesitábamos poder demostrarlo. Así que, para descubrir quién era quien daba las órdenes, pusimos en marcha una pequeña estrategia. Esperamos a que le asignaran a Agni la búsqueda de uno de los proyectos denegado por el comité directivo a instancias de mi departamento. Tal como se esperaba de él, cumplió las órdenes de recuperación de la patente y regresó al presente con ella. Sin embargo, antes de entregarla a su superior, vinculó la documentación a un programa de localización.

Fue así cómo el servicio de inteligencia, una vez lo pusimos al corriente, llegó hasta Leslie Darton, alta directiva de AION y artífice del tráfico de patentes. Y cuando creíamos que todo iría bien, que era ya sólo cuestión de tiempo que consiguieran las pruebas necesarias para detenerla, una noche, de regreso a casa, nos asaltaron, nos secuestraron y nos metieron en un maldito simulador.


Lo primero que hago después de quitarme el casco del simulador es respirar profundamente, regodearme en el simple hecho de inspirar y espirar, una, dos, tres veces. Y otra vez. Y una más. Poco a poco, el ritmo cardíaco se me acompasa y voy tranquilizándome.

Entreabro los ojos con cautela y me incorporo en la silla reclinable que forma parte de la experiencia única, personal e hiperrealista que es el simulador. Frente a mí, mirándome atentamente, están Agni y una mujer que nunca antes había visto en persona, pero que reconozco por las fotos. Ronda los sesenta años, va teñida de rubio oscuro y se viste con elegancia y dinero: Leslie Darton. Apoya la mano izquierda en el hombro de Agni y, con la derecha, le apunta en la cabeza con una pistola.

―No se mueva ―me dice, al percatarse de que estaba empezando a ponerme en pie, y la obedezco sin dudar.

―Por favor ―le digo. Quiero añadir que, por favor, no nos mate. Que no le mate. Que sea lo que sea lo que haya hecho, acabar con nuestras vidas no le servirá de nada. Que sería mejor que se rindiera, que se fuera, que intentara escapar. Pero lo único que puedo decirle es―: por favor, no.

Estoy asustada. Paralizada. Desde mi posición, medio recostada en el sillón del simulador, miro a Agni con impotencia y sé que le he fallado, que debería haber escapado del simulador mucho antes y que debería haberle ayudado. Que debería levantarme, ahora, y hacer algo, cualquier cosa, para conseguir que Darton deje de apuntar a Agni con una pistola. Pero soy incapaz.

―Demasiado tarde ―responde Darton―. Vega Espeso y Agni Kumar, ¿eh? ―resopla―. ¿Qué les hizo pensar que se saldrían con la suya?

―¿Pero es que realmente cree que nadie nos encontrará? ¿que no la vincularán a nuestras muertes? ―le suelta Agni.

―No soy tan naif ―responde ella, con una sonrisa torcida en el rostro―. Afortunadamente, no voy a tener que lidiar con este problema. Y todo gracias a AION.

Nos hemos equivocado, pienso. No es Leslie Darton quien trafica con las patentes recuperadas, es AION. Todos los directivos están al corriente de lo que ocurre, pero no hemos sido capaces de darnos cuenta. Darton nos matará y alguien se encargará de hacer desaparecer nuestros cuerpos, alguien untará al servicio de inteligencia para que dejen de meter sus narices en AION y todo volverá a la normalidad. Con la diferencia de que Agni y yo estaremos muertos y, probablemente, enterrados en los cimientos de un edificio en construcción.

―Dispongo de un aparatejo ―dice ella, interrumpiendo mi trágica línea de pensamientos―, una de nuestras últimas recuperaciones: me permite enviar mensajes al pasado. Hace apenas un momento que he comunicado a mi yo del pasado que debe detenerles. No importa lo que hayan hecho porque, gracias a este invento, siempre estaré dos pasos por delante.

Agni parpadea y me lanza una mirada. Yo niego un poco con la cabeza y, con mucho más aplomo del que siento, le respondo.

―Señora Darton, permita que le diga que no tiene ni idea de cómo funciona el tiempo. ―Me mira como quien mira a un idiota, pero no dice nada―. Si es cierto que acaba de mandar un mensaje al pasado, sólo se me ocurren dos posibilidades. La primera: acaba de crear una línea temporal paralela a esta, en la que consigue impedirnos descubrirla. No obstante, en esta línea temporal, no le va a servir de nada.

»La segunda opción es que, en algún momento de su pasado, en esta misma línea temporal, usted haya recibido el mensaje y haya decidido acabar con nosotros. La cuestión es que nos ha metido en un simulador que tenía que provocar nuestra muerte, para deshacerse de nosotros, pero no ha funcionado. No vamos a desvanecernos en… las mareas del tiempo, ni nada por el estilo.

―Eso ya lo veremos ―replica ella, demasiado acostumbrada a que los demás, incluido el tiempo, se dobleguen a su voluntad―. En todo caso, ustedes estarán…

Agni hace un gesto brusco, un intento de liberarse del agarre de Darton y de la amenaza de la pistola, y ella, de forma instintiva, aprieta el gatillo contra  su cabeza. Grito, horrorizada. Hay sangre por todas partes, por el suelo, por las paredes, en el simulador, sobre Darton, sobre mí. Sangre de Agni. Su cuerpo, flácido, cae al suelo, sin vida. Sigo gritando, asustada, traumatizada. Me levanto, impulsada por el miedo, sin saber qué hacer o adónde ir. Darton capta mi movimiento, se gira hacia mí y, sin titubear, me dispara repetidamente.


Me despierto con un dolor intenso en el pecho. Oigo gritos, movimiento a mi alrededor, la voz de Agni. Sólo que no puede ser su voz, por supuesto, porque Agni está muerto. Darton lo ha asesinado, lo he visto con mis propios ojos. Y luego me ha disparado a mí, y yo también debería estar muerta.

Noto una fuerte presión en el pecho que, tras unos segundos, desaparece.

―Uno, dos, tres… ¡voy! ―dice una voz, desconocida, y el dolor regresa, un impacto devastador, que me oprime. Y después de unos instantes―: Uno, dos, tres… ¡ya! ―la presión, de nuevo.

De repente, tomo aire (¿había dejado de respirar?) y, con él, empiezo a tomar conciencia. Consigo entreabrir los ojos. Estoy tumbada en el suelo y hay una mujer inclinada sobre mí, con sus dos manos en mi pecho, una encima de la otra, dispuesta a practicarme otra compresión torácica. Hay más gente a mi alrededor, luces, voces. Me inclino un poco y, aunque la mujer me obliga a tumbarme otra vez, tengo suficiente para ver que no hay sangre, por ningún lado. No estoy herida. El cadáver de Agni ha desaparecido.

Aún no he tenido tiempo de entender lo ocurrido cuando Agni aparece en mi campo de visión, se inclina hacia mí y me besa en la frente.

―¿Estás bien?

Estoy tan sorprendida de que esté vivo, e indemne, que no sé qué responder. Asiento, confusa.

―Has tenido una parada cardíaca ―me explica― por culpa del simulador.

―No ―niego, pero no sé si me oye o si ni siquiera lo he dicho en voz alta. Me cuesta respirar, y más todavía hablar. Dejo pasar unos instantes hasta que encuentro un hilo de voz―: ya había salido del simulador.

―En realidad no ―me dice, con media sonrisa de preocupación―. Pero es lo que te ha hecho creer para que creyeras que ya habías salido y no intentaras escapar.

Y debe estar en lo cierto porque, si no, ¿cómo es posible que estemos vivos?


Han pasado unos días desde el arresto de Darton, y en AION nos han dado unos días para recuperarnos. Desde la comodidad del sofá, levanto la cabeza de mi libro y veo que Agni está concentrado con un móvil nuevo.

―¿De dónde lo has sacado? ―le pregunto, por curiosidad.

Me mira, sin prestar demasiada atención, y a los pocos segundos vuelve a bajar la vista hacia su smartphone.

―Es el prototipo que usó Darton para mandarse un mensaje al pasado ―me responde, y con eso consigue despertar mi interés―. Me lo han dejado y lo estaba configurando.

―¿Y vas a mandar algún mensaje? ―digo, alzando una ceja.

―Ajá ―contesta, distraído. Sigue moviendo los dedos, rápido, sobre la pantalla, durante un par de minutos más. Al fin, alza la mirada y la fija en mí, sonriente―. Ya está, te he mandado un mensaje al pasado.

Lo miro, divertida, y no puedo ni quiero evitar que se me dibuje una sonrisa en el rostro.

―Pues no recuerdo haberlo recibido ―comento, como quien le quita importancia, porque aún me cuesta un poco creer en todo esto de los viajes temporales―. ¿Cuándo lo has enviado? ¿Qué has puesto?

―Pues un poco después de que nos conociéramos ―responde―, a principios de año, después de las vacaciones de invierno. No he puesto nada revelador, no te preocupes. Un simple “Nos vemos en el bar”.

Sonrío, satisfecha, porque sé perfectamente cuando recibí este mensaje.


 

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