Oyes unas pisadas a tu espalda

Suena el teléfono y, maldita sea, sólo hace cinco minutos que te has acostado. Joder. Te incorporas, te refriegas los ojos con el dorso de la mano izquierda y estiras el brazo contrario para alcanzar el móvil. Son las cuatro y cuarto de la madrugada, así que por lo menos has dormido un par de horas, por mucho que no te parezcan más de cinco minutos. Suspiras y deslizas el dedo por encima de la pantalla para responder la insistente llamada.

―Y ahora, ¿qué?

―Tenemos trabajo ―te contesta la voz de Aranda, desde la lejanía que le confieren una mala cobertura y el ruido del tráfico de fondo. Suspiras, otra vez.

―¿Qué ha pasado, Javi?

―Han encontrado a otro muerto.

Porque, como es obvio, si no, no te llamaría a estas horas. Joder, puta mierda.

―Mándame la localización; voy para allá.


Mientras intentas mantener los ojos abiertos al volante de tu C5, piensas que, a lo mejor, tendrías que hacerle caso a tu cuñada farmacéutica y tomarte un diazepam antes de acostarte. Y ahorrarte las horas dando vueltas en la cama. A lo mejor, por una vez, tiene razón, y las pastillas te servirían para descansar un poco por las noches sin pensar en muertes escabrosas y crímenes sin resolver. Cualquiera diría que esto es CSI Las Vegas en lugar de Barcelona.

Al aparcar el coche en el vado de un chaflán, te preguntas por enésima vez qué puede haber suscitado esta repentina oleada de asesinatos. ¿Es que es el fin del mundo en alguna cultura apocalíptica desconocida? Pones el freno de mano, apagas el motor, las luces. Tienen que estar conectados, piensas, aunque no hayáis encontrado nada que relacione los crímenes. Sales del coche y cierras la puerta con un golpe demasiado brusco. Ni modus operandi. Ni motivo. Ni vínculo entre las víctimas. Hay agentes frente al edificio, te saludan y te indican el piso. Es uno de esos edificios antiguos del Ensanche, con baldosas de pavimento hidráulico y ascensor de madera. Vas al primero, así que subes por las escaleras. Cinco crímenes. Seis, con este. Seis casos en menos de dos meses. Llegas al rellano, entras al piso. El olor a muerte llena tus fosas nasales y te cuesta reprimir una arcada. Te obligas a acercarte. Aranda te saluda, distraído, mientras habla con uno de los agentes. Pasas junto a él y entras en la sala que hace de comedor. Y entonces, inevitablemente, lo ves. Te obliga a mirarlo y a no apartar los ojos de él: el cadáver está tumbado sobre la mesa, bien colocado, con el rostro mirando hacia el techo, como si estuviera a la espera de que le hicieran la autopsia. Alguien, presumiblemente su asesino, lo ha puesto ahí. Alguien, un enfermo, un perturbado, un hijo de puta, lo ha desollado entero.

―Espeluznante, ¿eh?

Te giras hacia la voz de tu compañero, que te ha seguido al interior del comedor. Aranda mira el cadáver con una mueca de desagrado en el rostro, e imaginas que tu expresión no debe distar demasiado de la suya.

―Hummm… ―te limitas a asentir, como respuesta a su pregunta. Vuelves la vista hacia el cuerpo e intentas sacar alguna conclusión, algo más aparte del asco que te produce―. ¿Alguna pista?

―De momento, nada. No había ninguna cerradura forzada, así que debió dejar entrar a su asesino voluntariamente. Por la mañana preguntaremos a los vecinos. ―Consulta su libreta de notas y sigue con su explicación―: Hay señales de violencia, pero nada de armas ni instrumentos… ―lanza una rápida mirada al muerto― para arrancarle la piel. Ni señales evidentes de que haya habido otra persona en el piso aparte de la víctima.

―¿Era el inquilino del piso? ―preguntas.

―Sí, el propietario y único inquilino… creemos. Habrá que confirmarlo, porque en las fotos sale más guapo.

Resoplas, pero no sabes exactamente si lo haces porque te hace gracia el comentario o porque te fastidia que Aranda haga una broma en un momento así.

―¿Alguna relación con…?

―No ―te corta―. No hemos descubierto nada, por lo menos, pero hay que buscar más. Si quieres mi opinión ―y te la va a dar, la quieras o no― tiene que ser el mismo tarado. ¿Qué posibilidades hay de que anden sueltos seis asesinos igual de sádicos al mismo tiempo?

Piensas lo mismo, pero…

―Pero no tienen nada que ver. Tenemos a una ahorcada, un hombre torturado, otro con los órganos extraídos, una a la que le han succionado toda la sangre del cuerpo…

―Te dejas la pareja a la que decapitaron.

―Sí, exacto. Si es el mismo verdugo, ¿por qué distintos modus operandi?

―¿Tal vez su modus operandi sea infligir muertes horribles a sus víctimas?

Te encoges de hombros.

―Tal vez. Sí, supongo. Pero… ―pero te falta algo. Alguna pieza que le dé un sentido a tanto dolor.

―Está loco; asúmelo. No intentes comprenderle. Limítate a descubrir cómo atraparlo y cómo acabar con él.

Aranda tiene razón, lo sabes, pero ¿cómo encontrar a un asesino que, por lo que parece, no deja ninguna pista en los escenarios de sus crímenes? ¿que no tiene ninguna relación con sus víctimas? ¿que no consigue ningún beneficio con lo que hace, a excepción del que pueda producirle el hecho en sí?


La siguiente víctima aparece una semana más tarde, en una habitación de hotel. Se trata de una mujer de cuarenta y siete años, una empresaria que estaba en la ciudad por una reunión de negocios. Había llegado al hotel el día antes; la ha encontrado el encargado de la limpieza de la habitación el mediodía después. Alguien le ha tatuado todo el cuerpo, de la planta de los pies al cuero cabelludo, después de afeitarle la cabeza. Los tatuajes no parecen tener ningún significado oculto, son simples cenefas y motivos tribales. Sin embargo, la tinta con la que los han hecho contenía veneno, y esto es lo que ha provocado la muerte de la mujer.

Como en los otros asesinatos, nada parece fuera de lugar. No se ha forzado ninguna entrada, no se advierten apenas señales de un intruso. Y, que hayáis descubierto, la ejecutiva tampoco tiene nada que ver con el resto de víctimas, ni tiene enemigos conocidos, ni nadie que pueda beneficiarse de su muerte.

―¿Qué es esto? ―preguntas, mientras echas un ojo a las posesiones de la mujer. Estáis en la comisaria, revisando las evidencias recogidas en la escena del crimen.

Aranda levanta la cabeza y mira el libro que acabas de coger.

―¿Qué es? ―pregunta, intrigado.

Te encoges de hombros.

―Un libro de cuentos ―dices, mientras lo hojeas―. Sobre asesinos en serie.

Aranda arruga la nariz y sigue leyendo la agenda de la víctima.

―No, espera, espera ―insistes. Él vuelve a mirarte―. ¿No había un libro similar en otro de los escenarios? ¿Cuál era…? A la que dejaron sin sangre, ¿la víctima del vampiro?

―Al que le habían extraído los órganos ―te corrige―. Pero, ¿seguro que es el mismo libro?

Te muerdes el labio. No lo sabes. No lo sabes, pero podría ser. Y no vas a desaprovechar una posible pista.

―No, seguro no lo sé. Pero voy a comprobarlo.

Te levantas y vas hacia el ordenador del registro. El programa es una base de datos bastante simple, así que seleccionas los crímenes de los últimos meses y haces una búsqueda de libros entre los objetos requisados por la policía. El ejemplar que tienes entre las manos se titula Manson, y es un recopilatorio de historias de asesinos en serie. Te preguntas a quién podría interesarle un libro así, y no te cuadra demasiado con la mujer del hotel, pero sabes que las apariencias engañan y… ¡bingo! En la escena del crimen del de los órganos extraídos también se encontró el mismo libro. Aranda tenía razón, pues. Sólo por si acaso, compruebas los objetos de la chica con dos agujeros en el cuello y sin sangre en el cuerpo… y resulta que también ella poseía la misma antología. En el resto de asesinatos no se registró ningún libro, pero sospechas que, si regresas a los lugares donde se cometieron, también encontrarás la dichosa antología. Por fin, piensas. La pieza que faltaba. El elemento en común. Ahora sólo queda dilucidar el porqué. Y qué relación pueden tener las carnicerías que habéis presenciado con un simple libro.


Te lleva algunos días regresar a todos los escenarios de los recientes asesinatos y encontrarlos, pero lo consigues. La ahorcada, el torturado, la pareja decapitada y el desollado. Todos tenían un ejemplar de Manson en su posesión en el momento en que fueron brutalmente asesinados. Así que haces lo que parece más obvio. Empiezas a leer el libro.

A ti no te van demasiado las novelas de este tipo; eres más de Paul Auster, de Murakami, de Saramago. Leer sobre asesinos en serie es lo que menos te apetece en tu tiempo libre, ya no digamos cuando el autor incluye detectives ineptos o situaciones absurdas, en las que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Por lo menos podrían documentarse, piensas, y entonces te encuentras con el primer homicidio del libro: el asesino de la historia cuelga a sus víctimas. Les ata una soga al cuello, las obliga a encaramarse a una silla, les quita el soporte bajo sus pies y se queda a presenciar cómo se rompen el cuello, si tienen suerte, o cómo se ahogan lentamente hasta la muerte.

Sigues leyendo, aunque intuyes que no vas a sorprenderte. En el segundo relato, un loco que se cree un vampiro se bebe la sangre de jóvenes vírgenes. En el tercero, el asesino disfruta torturando a sus víctimas. En la cuarta historia aparece un pseudosacerdote egipcio que extrae los órganos vitales de sus víctimas y los coloca en vasos canopes, como si quisiera momificarlas. El próximo relato es sobre un verdugo que decapita a sus víctimas; y el que le sigue trata de un desollador. Después vienen los tatuajes envenenados. Y empiezas el octavo relato.

El teléfono suena cuando estás a punto de terminar la historia.

―¡Javi! ―saludas a tu compañero―. Ya sé cuál será el próximo…

―Me acaban de llamar ―te interrumpe―. Tenemos otro cadáver.


Sabes qué te encontrarás antes de llegar al lugar de los hechos. Pero, aunque parezca mentira, aún no has conseguido acostumbrarte al horror de la muerte. Sinceramente, te preocupa que pueda llegar un día en que normalices la violencia de un asesinato. Por otro lado, esperas con ansias que llegue el momento en que dejes de sentir náuseas frente a la visión de un cadáver.

Quien ha avisado a la policía ha sido la compañera de piso. Su amigo se ha encerrado en el lavabo para un baño y ha advertido de que iba a tomarse su tiempo. Pero después de dos horas, la chica ha empezado a preocuparse y ha golpeado la puerta para asegurarse de que todo iba bien. Su amigo no ha respondido ni a los golpes ni a los subsiguientes gritos de su compañera, así que ésta ha intentado, sin éxito, abrir la puerta del lavabo: el chico se había cerrado por dentro. Por último, ha decidido llamar al 091. La policía ha llegado, ha forzado la puerta y se ha encontrado… con la escena que, en ese preciso instante, tú estabas leyendo en la antología de asesinos en serie.

Cuando llegáis, el cadáver sigue en la bañera. Está sentado, con la espalda apoyada en la pared posterior y las piernas estiradas, cubierto de agua hasta la altura del pecho. El agua, en lugar de transparente, es completamente roja. La sangre procede de un corte limpio en la garganta. Se distingue sin problemas porque tiene la cabeza echada hacia atrás y todavía hay restos de sangre que tiñen su cuello. Tiene los ojos abiertos y la mirada perdida indefinidamente en algún lugar del techo. Es muy joven, irremediablemente joven, y te maldices porque, tal vez, hubieras podido impedir su muerte. En el suelo del baño, al alcance de uno de los brazos del muerto, hay un libro. La escena te recuerda vagamente La muerte de Marat, de David, pero el libro es, como no podía ser de otro modo, Manson.


―Está en el libro ―le repites, por enésima vez, a Javi―. Todas las muertes están en el libro. Cada historia coincide con uno de los asesinatos. Sólo quedan dos, pero aún estamos a tiempo… podemos intentar deducir quién…

―Escúchame. Este chico se ha suicidado. ―Niegas con la cabeza, te parece absurdo―. Estaba encerrado. En el baño. La ventana es un respiradero por el que es imposible acceder. Nadie ha entrado en el piso mientras él estaba en el lavabo, y la compañera de piso no puede habérselo cargado y luego cerrar con cerrojo por dentro. ¿Estamos?

―Javi, ¿quieres escucharme tú a mí? ―te mira, con la preocupación pintada en el rostro, pero no dice nada―. Lee el libro. En serio, léelo. ¿Cómo puede haber muerto exactamente como describe el libro? ¿Y cómo coño se ha cortado el cuello? ¿Dónde está el arma? ¿No te das cuenta de que no tiene sentido?

―¡Estaba leyendo el libro! Ha decidido suicidarse copiando a su autor favorito, ¡no te jode! ¿Qué importa? Se ha cortado el cuello y ha tirado la hoja por la ventana, o por el váter, o lo que sea. Por una vez que no tenemos que lidiar con un asesino chiflado, ¿quieres hacer el favor de centrarte?

No, no, no. Algo está mal. Este chico no se ha suicidado, lo sabes perfectamente. No sabes qué ha pasado. No sabes dónde se ha metido el asesino. No sabes una puta mierda. Lo único que sabes es que no se trata de un suicidio, y que la culpa de su muerte es, por extraño que parezca, del libro. Y que puede ser que hayas empezado a obsesionarte con el tema, es verdad. Pero con motivo.

―Piensa lo que quieras ―le dices, al final―. Pero si no hacemos nada, habrá dos crímenes más. A saber cuántas muertes. En nuestra conciencia. En tu conciencia, Javi. Piénsalo.


Cuando por fin llegas a casa, retomas el libro y te centras en la penúltima historia. Si quieres impedir que ocurra, tienes que prestar atención, fijarte en los detalles. Cualquier elemento del texto puede darte la pista que necesitas para evitar una tragedia. Tiene que estar ahí. Tienes que encontrarlo.

El noveno relato trata de una asesina obsesionada con la Biblia. Sus víctimas son aquellos a los que considera pecadores, aquellos que tienen que ser castigados por Dios. Y, a falta de la mano de Dios, es ella quien actúa de verdugo. Cada una de las muertes que narra la historia se ajusta a un pasaje de la Biblia. Cabezas cortadas, lapidaciones o simples ejecuciones. La asesina cumple los designios del Señor y deja una huella a su paso: la referencia al versículo concreto en el que se ha inspirado.

Cuando terminas, te percatas de que puede que no sea tan sencillo encontrar los indicios del asesino en el libro. En el resto de relatos que has leído, cada uno de los verdugos tenía su propio modus operandi, su firma especial en cada uno de sus asesinatos. El imitador del libro copia estos modus operandi, pero las víctimas son otras. Te das cuenta de que puedes relacionar la manera cómo han muerto, pero no el porqué el asesino ha escogido a unos y no a otros. Excepto porque todos poseían la antología. Te queda aún algún relato por leer, pero ahora no es el momento. Tienes que centrarte en esta historia. Quizá aún estás a tiempo de salvar a la siguiente víctima.

Coges de nuevo el libro y revisas la portada. Editorial Apache. Pones en marcha el ordenador y esperas, impaciente, a que se inicialice. Abres el navegador y tecleas en el buscador “Editorial Apache Manson”. La primera entrada te lleva a la página web de la editorial, y en la sección de antologías encuentras la que tienes en tu poder. La página te ofrece una descripción del libro, detalles técnicos, comentarios de los lectores y la posibilidad de comprarlo. ¿Y ahora qué?

Se te ocurre una idea. En la página principal hay un número de teléfono móvil, así que, sin pensártelo, te pones en contacto con la editorial. Puede que sea imposible rastrear las compras de libros hechas en las tiendas, pero si alguien ha comprado la antología a través de la página web de la editorial… Sí, te responden, tienen un registro de ventas. Que incluye las direcciones de entrega de los libros. Sí, te lo mandan por e-mail. También los datos de los autores, por supuesto, pero es imposible que tengan ninguna relación con los crímenes. No, no, es una idea absurda. Los conocen personalmente. No a todos, pero… que escriban sobre asesinos en serie no significa que tengan tendencias homicidas, por favor, ¿qué estupidez es esta? A ver cuando entendemos que la ficción es precisamente esto, ficción, que lo que escribe un autor no tiene nada que ver con…

En algún momento, desconectas de la conversación, te despides educadamente y abres la página de tu correo para asegurarte de leer el e-mail tan pronto como lo recibas. Tardan un poco en mandártelo pero, finalmente, te llega. Una lista con los compradores y otra con el contacto de los diez autores que han ideado esta macabra antología.

Lo primero que haces es comprobar los antecedentes de los escritores, pero no encuentras nada de interés. Alguna multa de conducción y poco más. Sea como sea, tendrás que ir a hablar con cada uno, asegurarte de que todo sea lo que parece, que no haya ningún desquiciado entre ellos.

Luego te centras en la lista de compradores. Descartas los que no son de la provincia de Barcelona. Puede ser que alguno haya venido de fuera, como la ejecutiva de los tatuajes, pero tienes que empezar por algún lugar. Por suerte, no son muchos. Doce compradores online del libro en Barcelona. Cotejas los nombres de la lista con el de las víctimas y encuentras tres coincidencias: la chica desangrada por un supuesto vampiro, el joven de la bañera y uno de los hombres de la pareja decapitada. Esto te deja con nueve posibles nuevas víctimas y un crimen que evitar. Será mejor ponerse en marcha.


Se ha hecho de noche mientras comprobabas ocho de las nueve direcciones de las que dispones. Una era un edificio de oficinas, y lo has encontrado cerrado. En otras tres no había nadie en casa, ni vecinos que supieran dónde encontrar a sus ocupantes. A los cuatro restantes los has encontrado y les has requisado la antología, a pesar de las caras de escepticismo de sus propietarios. No eres idiota. Sabes que es bastante absurdo confiscar un libro como éste, y más por “riesgo de agresión”. No crees que te hayan tomado en serio, pero por lo menos sí se han tomado en serio tus credenciales, y con esto tienes más que suficiente. Si el libro es un elemento necesario para que el asesino ataque a sus víctimas, al menos has eliminado de la ecuación a cuatro posibles candidatos. Si no… Necesitas volver a hablar con Aranda. Te ha desacreditado y, ahora mismo, nadie va a escucharte. Tienes que convencerle de que crea tu versión. De que tenéis que poner protección a los que hayan comprado los libros. Porque, si no…

Llegas a la última dirección de tu lista. La habías dejado para el final porque está fuera del área metropolitana de Barcelona, en Mataró. No conoces la ciudad, pero el GPS te lleva frente a un bloque de pisos. Dejas el coche a un par de calles de distancia y te encaminas hacia el lugar. Nadie te abre cuando pulsas el botón del interfono, pero te cuelas en el interior del bloque cuando sale un vecino a pasear el perro. Subes en el ascensor hasta el cuarto y llamas al timbre. Esperas, pero nadie viene a abrir la puerta, ni siquiera cuando insistes. Estás a punto de irte, maldiciendo el paseo hasta Mataró, cuando te das cuenta de que sale humo por debajo de la puerta.

No lo piensas dos veces. Sacas la pistola reglamentaria y disparas un par de veces contra la cerradura. Empujas los restos de la puerta con el hombro y entras en el piso con el arma aún sujeta con ambas manos: puede que el asesino todavía esté dentro. Sea como sea, si hay alguien, tienes que sacarlo antes de que sea demasiado tarde. Deberías llamar a los bomberos, pero te urge la necesidad de buscar posibles supervivientes, así que te introduces en el piso.

―¿¡Hola!? ¿Hay alguien?

Avanzas con cautela hacia el lugar de donde procede el humo, a la espera de una respuesta que no llega. Una oleada de calor te obliga a apartarte a un lado y a cerrar los ojos. De espaldas a una pared, dejas un momento la pistola y te cubres el rostro con un pañuelo. Cruzas el umbral de una de las habitaciones y, aunque el humo lo invade prácticamente todo, alcanzas a ver el fuego que lo provoca. Entonces tropiezas, pierdes el equilibrio y estás a punto de caer. Sueltas el arma, pero consigues aguantarte en una mesa. Miras qué te ha hecho trastabillar y te golpea la realidad cuando te das cuenta de que se trata de un cuerpo. Te arrodillas, buscas su rostro, su cuello, cualquier signo de que todavía esté vivo. Te cuesta respirar y apenas distingues formas a tu alrededor, pero te das cuenta de que es un niño pequeño y, o bien está inconsciente, o ya es demasiado tarde para él. No puedes encontrar su pulso, pero te resistes a darlo por perdido. Lo coges en brazos y te das la vuelta para escapar del incendio. Acabas de salir de la habitación cuando oyes una explosión a tus espaldas y la onda expansiva te empuja desde atrás y te tira al suelo.


No tienes muy claro cómo has sobrevivido. Los bomberos han llegado avisados por los vecinos y os han sacado a ti y al niño del piso, pero él ya no era más que un cadáver. Al igual que el resto de su familia, sus padres y su hermano, todos muertos, calcinados en el incendio.

No has querido que te llevaran a un hospital. Te has quedado en la calle, frente al edificio, en espera de que los bomberos extinguieran el fuego y aseguraran la zona. Ahora que ya han terminado su trabajo, regresas al piso y deambulas por las habitaciones, sin saber exactamente qué buscar. Hasta que lo encuentras.

En una de las paredes, escrito con cenizas, o tal vez con un trozo de madera carbonizada, alguien ha escrito: “Josué 7:15”. Una cita bíblica, pues. No puede decirse que te sorprenda. No obstante, no recuerdas haber leído esta cita concreta en el relato de la antología, así que sacas tu móvil que, maravillosamente, sigue funcionando, y buscas el texto en el navegador. Te resulta muy fácil encontrar el texto correspondiente: “Y el que tenga en su poder lo que debió ser destruido, será quemado con su familia y con todas sus posesiones, por haber hecho una cosa indigna en Israel y no haber cumplido la alianza del Señor.” Lo que debió ser destruido, pone. Resoplas. Lo único que se te ocurre que debería haber sido destruido es el libro de Manson.


Después de dar muchas explicaciones y argumentar múltiples veces tu teoría, empiezan a creerte. Aranda ya no te mira como si hubieras perdido el juicio, sino con arrepentimiento. Si te hubiera escuchado… si te hubiera hecho caso… a lo mejor, la familia de Mataró seguiría con vida. O no, tal vez no, pero por lo menos sabes que se siente responsable. Sabes que volvéis a estar juntos en la resolución de la investigación. Que no va a volver a cuestionarte.

Os ponéis en contacto con los autores. La editorial os pasa su distribuidora y obtenéis la lista de tiendas que han vendido ejemplares de Manson. Las tiendas os facilitan los datos de los clientes que han pagado con tarjeta y que podéis rastrear. Ponéis anuncios en redes sociales y avisáis a la prensa de que estáis buscando a los compradores de la antología. Y habláis con todos ellos. Requisáis libros. Hacéis preguntas, rastreáis pistas, indagáis en busca de un sentido.

En vano. No encontráis nada que os conduzca hasta el asesino.


Ha sido un día agotador. No habéis descubierto nada de interés, pero necesitas creer que todavía es posible evitar el próximo asesinato. Y tal vez encuentres pistas en el libro. Aunque no tienes muchas ganas de retomar la lectura, y a pesar de que ya tenéis a algunos agentes investigando esta posibilidad, sabes que ha llegado el momento de leer el último cuento de la antología dedicada a Manson.

De modo que, cuando llegas a casa, te preparas para leerlo. Pones algo de música en tu reproductor. Te sirves una cerveza. Te acomodas en el sofá. Y abres el libro.

El relato está escrito en segunda persona, sin especificaciones de género, como si el personaje protagonista de la historia pudiera ser el mismo lector. Un poco en la línea de Si una noche de invierno un viajero, recuerdas. Pero en lugar de seguir los pasos de un manuscrito perdido, el protagonista investiga unos misteriosos asesinatos. Todo es, pero al mismo tiempo no es, demasiado parecido a la realidad. Es como si el relato volviera a contarte lo que has vivido las últimas semanas, pero no exactamente. No hay nada que suceda exactamente como lo has vivido. Es… parecido. Incómodamente parecido.

Te interrumpes a media lectura y revisas quién es el autor de la última historia. Es una escritora y, de hecho, has hablado con ella personalmente durante una de las entrevistas. Te ha dado la sensación de que estaba afectada por lo ocurrido, y entre sorprendida e incrédula de la repercusión de la antología. Y en cierto modo aliviada de que nadie hubiera muerto tal y como lo había ideado en la ficción. Te ha parecido sincera, pero ahora te entran dudas. ¿Cómo pudo inventar lo que casi se convertiría en realidad? ¿Coincidencia? No… no lo crees. Pero este pensamiento es aún más perturbador. Porque, si no se trata de una desagradable casualidad, ¿cómo es siquiera posible?

Retomas la lectura. Lees una escena en que el protagonista intenta salvar a una de las víctimas pero no llega a tiempo. Notas la boca seca y das un sorbo a la cerveza. Entonces la historia toma un rumbo resolutivo, todo parece indicar que está llegando a su final. El personaje decide leer el último cuento de la antología, en soledad, en su apartamento.

Cierras el libro de golpe. ¿De qué va esto? ¿Es una broma? Miras a tu alrededor, pero, como esperabas, no hay nadie. Te levantas, con inquietud. Decides revisar tu piso. Recorres todas las habitaciones y te aseguras de que no haya nadie más. Compruebas la puerta de entrada, está cerrada, y das una segunda vuelta a la llave para ahorrarte sorpresas. Las ventanas, no te olvides de las ventanas. Bajas las persianas y cierras los postigos. Buscas el móvil, ¿dónde lo has dejado? Sí, en el bolsillo del abrigo. Tiene batería y cobertura, perfecto. Ya puedes regresar a la historia.

Lees, no sin incomodidad, como tu yo literario hace exactamente lo mismo que acabas de hacer tú. Cuando termina se aposenta en el sofá y se siente mejor, aunque tú no crees poder decir lo mismo. Sigue leyendo, y sigues leyendo, hasta que un ruido interrumpe su lectura… ¿un cristal roto? Se levanta y va a la habitación del fondo. Uno de los postigos había quedado mal cerrado y ha golpeado y roto el cristal de la ventana. Aparta con cuidado los trozos más grandes y vuelve a cerrar la contraventana, asegurándose de que la abertura imprevista quede bien cubierta y la puerta sellada. Recoge el desaguisado como puede. Y vuelve a leer su relato.

Oyes un ruido, algo que te recuerda demasiado al cristal roto. No tiene puta gracia, piensas, pero incluso así te levantas. Vas a la habitación del fondo del pasillo. Y encuentras un postigo entornado y el vidrio de la ventana hecho añicos y esparcido por el suelo de la estancia. Como un autómata, repites las mismas acciones que acabas de leer en el libro. Cierras, recoges, limpias. Y vuelves a leer tu relato.

Mientras el personaje lee, levantas la cabeza frente a cualquier sonido fuera de lo normal, cualquier reflejo que se cuela desde el exterior. El corazón te late desmesuradamente, pero no puedes hacer nada para evitarlo. Es un cuento, te repites. No hay peligro.

El personaje oye unas pisadas a su espalda, pero antes de poder reaccionar, alguien le coloca una bolsa de plástico en la cabeza. Forcejea, intenta romper la bolsa, atacar a su agresor, alcanzar el móvil para pedir auxilio… pero cada vez le cuesta más respirar. El aire no le llega a los pulmones. El terror se apodera de su ser, la evidencia de la realidad se hace cada vez más patente: la muerte es inevitable.

Y oyes unas pisadas a tu espalda.


 

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