Prólogo

Todo está preparado. La dosis exacta de cicuta. El pentagrama con el conjuro. La piedra en el anillo, recién engarzada. Ya lo ha hecho otras veces; no hay razón alguna para demorarse. Aun así, se toma su tiempo.

A lo largo de los años ha ido adecuando la estancia en la que se encuentra, en el Palacio Vitturi, para que sirva a sus propósitos. Está situada en el sótano, de modo que la humedad ya se ha encargado de cubrir las paredes con enormes manchas negruzcas. No es algo que le preocupe, y nadie más que él entra en este lugar. Las visitas ocasionales, más obligadas que deseadas, permanecen en las salas dispuestas para tal fin. Son estancias luminosas, ricamente decoradas y preparadas para satisfacer todas las necesidades del visitante.

Los aposentos subterráneos carecen de todas estas comodidades. Los pasillos y las pequeñas habitaciones, medio abandonados y en penumbra, son más bien lúgubres. Al alcanzar la sala más grande, probablemente una antigua bodega, la iluminación mejora perceptiblemente, pero sólo para mostrar un lugar tan poco acogedor como el resto del sótano. En las paredes hay estanterías repletas de libros, algunos más viejos que otros, o en peor estado de conservación, pero todos manoseados por el continuo uso. Encima de un escritorio hay un par de libros abiertos, algunas hojas con anotaciones, una lámpara de gas. Encima de otra mesa, algo apartada del centro de la habitación y apoyada en la pared de la derecha, hay un alambique, algunos frascos, probetas y un mortero. Al lado de la mesa, un armario medio abierto se revela como un almacén de hierbas medicinales, venenos, minerales y extraños productos de aun más extraños usos. En el suelo, un pentagrama.

La cicuta sigue en el vaso, esperando a ser ingerida. Esta vez se ha inclinado por la cicuta, a pesar de sus reticencias iniciales. Ya ha experimentado con el arsénico y con distintos venenos extraídos de serpientes o escorpiones, sin que ninguno diera el resultado esperado. Lo único en lo que puede pensar es que el efecto de dichos venenos, tal vez demasiado rápido, le afecta el metabolismo de un modo tan inmediato que se ve obligado a activar el conjuro que le permite evitar la muerte antes de que los venenos surtan efecto. El lento proceso de la cicuta, empezando por los dolores de estómago y de cabeza, los vértigos, el entumecimiento generalizado, el descenso de la temperatura corporal y del ritmo cardíaco hasta llegar a una completa parálisis, será un proceso largo y desagradable, pero que tal vez le brinde la oportunidad de conseguir el objetivo que persigue. La piedra en el anillo se encargará de confirmarle, o no, si lo ha logrado.

Coge el vaso con ambas manos, contemplando el líquido en su interior. Él mismo se ha encargado de machacar los pequeños frutos verdes de la cicuta hasta deshacerlos, evitando la raíz. Ha calculado la cantidad óptima para conseguir un efecto letal pero no una muerte acelerada, y ha mezclado los frutos pulverizados con un poco de vino. Nada de vino de buena calidad, sería desperdiciarlo. No se lo piensa más; se acerca el vaso a los labios y vacía el contenido de un solo trago.


Durante más de una hora, los efectos prescritos van sucediéndose como si de un manual se tratara. Trastornos digestivos, dolor intenso, cefaleas. Luego empiezan los hormigueos por todo el cuerpo, los mareos y los escalofríos. Cuando empieza a perder las fuerzas, se deja caer en medio del pentagrama, agotado. Sigue esperando, no puede prolongarse mucho.

Tarda un poco en darse cuenta de que está perdiendo movilidad en las piernas. En un primer momento la ansiedad se apodera de él, el miedo a haber cometido un error irreparable, la posibilidad de morir realmente en este sótano. Inmediata e instintivamente reclina un poco el torso, ayudándose de las manos. Representa un esfuerzo considerable, pero aún no es demasiado tarde. Deja escapar el aire que no sabía que estaba conteniendo. Si puede mover las manos, puede activar el conjuro. Es justo lo siguiente que hace, temeroso de que la parálisis le alcance antes de lo que esperaba.

Le resulta más difícil de lo normal realizar los gráciles movimientos que harán funcionar el hechizo. Puede percibir como la lentitud del torrente sanguíneo y la falta de destreza en las manos entorpecen la elaboración del conjuro. Pero a pesar del esfuerzo, consigue hacer las gesticulaciones. Las líneas del pentagrama desprenden un brillo sutil, señal de que está listo para cumplir con su propósito. Es un sortilegio bastante simple; no por ello menos efectivo. Está enfocado a liberar su cuerpo de cualquier traza de veneno, salvándole la vida. Una pequeña modificación en el hechizo le da unos minutos más de tiempo entre el momento de conjurarlo y el momento en que empezará a hacer efecto. Minutos que, espera, serán suficientes para que la parálisis llegue a los pulmones, le impida respirar y provoque un paro cardíaco. Espera, también, que el veneno empiece a desaparecer de su cuerpo a tiempo, permitiéndole al corazón volver a latir normalmente.

La respiración le resulta cada vez más difícil. Siente deseos de gritar pidiendo ayuda, aunque se reprime. Ni nadie acudiría en su ayuda, ni él quiere la ayuda de nadie. Aprieta los dientes con fuerza, mientras la nariz trata desesperadamente de conseguir un poco de aire para llenar los pulmones. Cuando separa los dientes de nuevo en un vano intento de gritar, se da cuenta de que ya no le queda aire que le permita emitir sonido alguno. Intenta llevarse una mano hacia la garganta… inútilmente, porque también las extremidades superiores están inmovilizadas.
Es entonces cuando el conjuro cobra vida. Sólo son necesarios unos segundos para eliminar todas las toxinas de su cuerpo, si bien necesita algunos minutos más para ir recuperándose por completo. Respira fatigosamente, tiene todo el cuerpo dolorido. Pero sigue vivo. Tan sólo le falta por dilucidar si el esfuerzo ha valido o no la pena.

En cuanto se siente suficientemente recuperado, se inclina hasta quedar sentado en el suelo, en el mismo centro del pentagrama, con las piernas dobladas hacia él. Apoya los codos en las rodillas y la cabeza en las manos, intentando concentrarse de nuevo. Ha llegado el momento de usar el anillo nuevo. Lentamente, canaliza su poder hacia la piedra engarzada en él, potenciando las propiedades de la joya. Se trata de un ágata de un color azul oscuro, veteada de forma irregular, poco valiosa a simple vista. Sin embargo, al introducirle la energía fruto de la magia consigue potenciar los poderes perceptivos de la joya. De este modo, si ha tenido éxito en su experimento, la piedra en contacto con su piel debería volverse de un color azul translúcido.

La piedra no se altera ni un ápice. De nuevo, ha fallado. Por supuesto. Ha dejado de respirar, pero no ha llegado a morir. Y si no muere para regresar de entre los muertos, todo lo demás será inútil.


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