El anillo usado

Atardecía ya cuando el carruaje llegó a Miranda. No lo esperábamos o, por lo menos, nadie había tenido a bien decirme que iba a venir. Había pasado la tarde ayudando a José del Cairo a desbrozar las malas hierbas que se afanaban a crecer en las lindes del jardín. Después de varias horas a pleno sol, estaba exhausto, cubierto de barro y suciedad y con regueros de sudor que se deslizaban por mi espalda.

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